Tenemos los genes malos

Estoy convencida de que, al menos en Occidente, tenemos lo peor de la herencia genética.
Los buenos genes murieron, solo los genes mediocres sobreviven.
En conventos y monasterios, quienes portaban los buenos genes creyeron en la castidad.
En universidades y laboratorios, quienes portaban buenos genes se dedicaron al conocimiento.
En hogares e iglesias, mujeres con buenos genes fueron (in)justamente ejecutadas como escarmiento.
En las rebeliones esclavas, quienes lideraban murieron, el colonialismo nos quitó su guía y su descendencia.
A las hogueras de la inquisición y los campos de concentración, ahí mandaban a gente con genes que les obligaban a hacer preguntas.
Al manicomio o el callejón de las drogas les mandaban luego, en tiempos más civilizados.
En fin, en mi lado del mundo, hay una cuidadosa maquinaria que detecta, extrae y esteriliza los buenos genes.
Solo nos queda leer las ideas de quienes tuvieron acceso, tiempo y poder para dejarnos sus ideas escritas al alfabetos, colores o pentagramas.
¡Qué hermoso experimento sería viajar en el tiempo a robar muestras genéticas de Francisco de Asis, Cleopatra, Mendel, Hypatia, Galileo, Carlota, Hayden, Santa Teresa! Al diablo la ética: clonarles y dejarles en este mundo a ver qué pasa, qué nuevas revelaciones ofrecen al mundo. O ninguna. Despejar de una vez y por siempre la incógnita de genética versus contexto.
Es un lindo sueño, un sueño de científica loca bienhechora de la humanidad.
La realidad es más terrible y más prosaica: tenemos una herencia genética modelada por la supervivencia de mediocres y cobardes.
Cuando alguien se alza, y nos muestra la dignidad que refieren en esos libros de cuentos que llaman biografías, lo hace a pesar de sus ancestros. Porque para mi está claro que sus ancestros sobrevivieron jugando el juego del poder.
El valor de luchar no se hereda.
Es una mutación genética, una aberración que prueba el carácter aleatorio de la evolución.
El valor de luchar se extirpa y reaparece.
El valor de luchar es persistente, como las cucarachas y el catarro común.

Una nota de realismo: hay buenos genes, hay incontadas descendencias ocultas de gente preguntona del pasado, hay genealogías de valor inconmensurable que nunca fueron registradas en los libros de cuentos que llaman historiografía. Es solo que estoy triste y, amargada, reduzco su presencia en la población actual.

La etiqueta equivocada

Publicado en la sección Criterios de SEMlac Cuba el 30 de mayo de 2013. No actualicé la terminología, aunque he aprendido algunas cosas desde entonces.

Dicen que el movimiento LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transgéneros) está a la izquierda, en el sentido de contrario a la gente conservadora que tiene esas vidas ordenadas, tradicionales y predecibles –como las series de TV de los años cincuenta. Ese modo de vida está bajo amenaza por la promiscuidad del espíritu hippie, de la cual es heredera el movimiento LGBT (cuya membresía es naturalmente incapaz de relaciones ordenadas, como todas las buenas personas saben).

Bandera LGBT en Plaza de la Revolución de La Habana. Foto Luis Rondón

En tanto peligro para las sociedades que han normalizado y defendido la sexualidad reproductiva, la superioridad masculina y el control del cuerpo y placer femenino, las personas no heterosexuales que salen del armario son una anomalía, y si se unen, una amenaza. En el simbolismo convencional que nos legó la Revolución Francesa, está a la derecha la gente que quiere dejar las cosas tal y como están, y a la izquierda la gente que quiere cambiar el mundo. Ello permite que nos reconozcamos en la arena política, lo que a la mayor parte de la gente le parece útil y razonable.

La otra gran diferencia entre la derecha y la izquierda es que la gente que quiere cambiar el mundo es tan diversa que a menudo no se soporta entre sí. Eso le da ventaja a la derecha que, además, no tiene que inventarse reglas y ver si funcionan. La derecha solo debe perfeccionar lo ya sabido y mantener a la izquierda peleando al interior (lo admito, en este punto es cuando siento envidia y considero cambiar de bando).

Entre esos grupos que están a la izquierda “por defecto”, se encuentra el movimiento LGBT. No es que estas personas se conmuevan con el golpe dado en la mejilla ajena más que el resto, o que les anime un innato sentido de la justicia. Están a la izquierda porque quieren cambiar la sociedad y hacer espacio a un grupo discriminado, invisible para la historia, los derechos y la salud. Recordemos que, hasta hace menos de un siglo, las personas sexo-disidentes eran mundial y legalmente disciplinadas hacia la heteronormatividad por la fuerza (donde “fuerza” es una metáfora para torturas, hogueras, cárceles, castración, descargas eléctricas y otros recursos creativos que las películas del medioevo nos enseñan).

Y a estas alturas de la batalla eso es un problema.

Primero, porque la mayor parte de la izquierda (como la mayor parte del mundo), es aún homofóbica y machista. Así que desconfían de las “locas”, las “tuercas” y esa gente que “quiere” cambiar de sexo. No pasa nada, también desconfiaban de las Panteras Negras y las feministas y de los sindicatos criticones y… (de nuevo estoy tentada a cambiar de bando).

Segundo, porque la etiqueta de un movimiento con perfil social, no económico, lleva a peligrosos olvidos respecto a lo diferente que es ser no heterosexual según sean el país, la clase social, el grupo étnico o sexo que te tocaron en suerte. Vamos, que no es lo mismo ser gay entre la aristocracia francesa, que lesbiana pobre en Sudáfrica. Y esta idea de la lucha arcoiris, como la de las mujeres en su momento, ha tenido sus toques colonialistas –en el sentido de globalizar las necesidades de la cultura occidental.

Este cruce entre desconfianza homofóbica y colonialismo interno ha generado muchísimos malentendidos, la mayoría de los cuales se resumen a un solo malentendido: los gays no pueden tener más interés que la reivindicación de sus derechos. Un lado y otro del espectro ideológico (o sea, los grupos políticos de derecha e izquierda) repiten que la lucha contra la homofobia no porta ideología en sí y utilizan ese argumento constantemente: la derecha para controlar al movimiento, la izquierda para desautorizarlo. ¿Qué si alguien en verdad cree que por militar por la diversidad sexual no se puede tomar partido político? Sigue la evidencia dejada en el muro de FB del Grupo Arcoiris, que se autodefine como “anticapitalista e independiente”:

Angel Tur:
¿Anticapitalista? O sea que si un gay tiene la iniciativa de crear t-shirts con arcoiris pintados a mano, ¿no los puede vender y obtener ganancias?
O sea, ¿que abogan por la diversidad sexual y el derecho de cada uno a amar a quien quiera, pero no por la diversidad de pensamiento político?

Carlos Alejandro Estrada Pérez:
Muy bonito todo, pero lo de “anticapitalista” os mete en un berenjenal peligroso, y es el de entrar directamente en el grupúsculo de aquellos que bajo presuntas reivindicaciones de género, ocultan una filiación política que es lo que realmente quieren defender.
La mayoría del mundo LGBT vive en países capitalistas, por lo que ir contra los sistemas donde viven y se desarrolla su lucha por sus derechos, es cuando menos un absurdo, cuando más sumamente cuestionable, no siendo precisamente el capitalismo, el sistema que peor ha tratado a las personas que se engloban en este movimiento, comparado sobre todo con el sistema comunista, que los ha perseguido y asesinado por millones, sobre todo en los campos de concentración o gulags soviéticos.
Y creo, para terminar, que Cuba sabe muy bien de lo que son tácticas y maneras de reprimir muy duramente este mundo, creo que aun hay por ahí mucha gente que padeció la UMAP y que conserva en su alma y en su cuerpo las huellas de semejante latrocinio.

Comentarios dejados en el muro de FB de Proyecto Arcoiris en febrero de 2013.

Y claro, esto lleva a ciertos comentarios insidiosos contra quienes opinan tan a la ligera de las elecciones políticas ajenas:

¡Tremendas lagunas educacionales!

¿Quién enseña que el anticapitalismo es antimonetario? ¿Acaso no son el comercio y el dinero anteriores al capitalismo?

¿En qué momento de la historia tuvo la izquierda pensamiento único?

¿Por qué habríamos de imitar las personas LGBT de Cuba a quienes viven en países capitalistas?, ¿no es suficiente argumento vivir en otro país para saber que las estrategias y los recursos deben ser otros?

¿Que el comunismo ha tratado a las personas LGBT peor que el capitalismo? Hagamos un poco análisis cronológico y matemático: desde la Revolución Industrial y hasta 1917, el capitalismo se extendió por el mundo, por lo tanto, las personas LGBT que fueron reprimidas, castigadas, perseguidas, internadas, encarceladas y asesinadas durante más de un siglo habrá que colgárselas al capitalismo, ¿no?

Tras el triunfo de la Revolución de Octubre, incluso, la homosexualidad fue despenalizada en Rusia. Los Bolcheviques querían borrar a la Biblia de toda su legalidad, así que en 1922 se revirtió la tendencia normativa que inaugurara Pedro el Grande en 1716, al prohibir el sexo entre hombres en el ejército.

Stalin (¿por qué no me sorprende?) recriminalizó la homosexualidad en 1933. Dicen que para que todo el mundo tuviera solo dos opciones: aumentar la natalidad o irse a trabajar en los Gulags (Stalin adoraba las situaciones de ganar-ganar). Con esas y otras normas sociales definidas por el georgiano bigotudo, el autodenominado “socialismo real” se extendió por Europa Oriental y diversos países del Tercer Mundo. Es cierto, allí donde llegó el estalinismo, los prejuicios que ya existían contra la diversidad sexual fueron mantenidos o reforzados. Pero no se pude negar que la mayoría de la población del planeta vivió el siglo XX bajo el capitalismo, que no sacó a la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales hasta 1990. Todavía hoy, en muchos países capitalistas se penaliza la homosexualidad y es fácil montarse una clínica para curarla. ¿Culpa del espíritu de Stalin?

Pero me gusta el comentario de Carlos porque resume el problema: “lo de anticapitalista os mete en un berenjenal peligroso, y es el de entrar directamente en el grupúsculo de aquellos que bajo presuntas reivindicaciones de género, ocultan una filiación política que es lo que realmente quieren defender.

Primero está la contradicción: se acusa de ocultar una filiación política justamente cuando se la declara. Pero lo que me interesa resaltar es esa lógica nefasta, y reproducida por un montón de gente que se las da de informada: los asuntos sociales son de las víctimas y quienes los promueven no pueden tener más interés que la reivindicación de sus derechos, lo que excluye una filiación política.

¿No suena un poco tonto?

¿En serio hay quien cree que no hay maricones imperialistas, transexuales racistas, lesbianas antiaborto o bisexuales republicanos? ¿Acaso las únicas personas capacitadas para la filiación política son las heterosexuales?

El sistema político permea todo, y se sabe: es político el modo en que se respetan, o no, los días de culto; es político cómo se distribuye el costo del acceso al agua en la sociedad; es política la libertad, o no, para elegir la escuela; es político qué tecnologías son legales sobre la base a la contaminación ambiental y el daño potencial a las personas. Es político el derecho a abortar. Es político el derecho a decir en público lo que se piensa sin que te carguen la culpa de la Inquisición, si eres católica; del 11 de Septiembre, si musulmana, o de los campos de trabajo en Siberia, por comunista.

La idea de que la lucha por los derechos no es política es un producto culturalmente discriminatorio, ya que presupone que la gente discriminada no tiene capacidad para ver más allá de sus problemas personales para conseguir empleo o defender a la familia.

Entonces, ¿quién dice que el movimiento LGBT no puede tener diversidad política? La misma lógica homofóbica de siempre. Si, estamos a la izquierda, como un grupo que quiere revertir la dominación de lo heteronormativo en cada resquicio de la vida cotidiana, pero como personas, ¿quién prueba que compartimos la ideología? En cada encrucijada social tendremos, como gente diversa, opiniones diversas, filiaciones políticas diversas. No dejas de pertenecer a la comunidad LGBT por legislar contra el derecho de los obreros a sindicalizarse, luchar por la Revolución Mundial, votar a favor de las bases militares de USA en todo el mundo o unirte a “Anonimus”. Serás una lesbiana republicana, un gay troskista, un bisexual militarista o un hacker trans. No hay problema, de verdad.

No dejes que te cuelguen la etiqueta equivocada, porque, para empezar, nunca tendrás tu definición con sola una.

Tomado de “[Criterios] La etiqueta equivocada

El valor de lo dicho es temporal

La cosa es así: debes tener antecedentes, referencias, voces con las cuales discentir, voces en las cuales apoyarte, voces que mantengan tu aparato categorial. Emborronar cuartillas en formato MLA.

Esta cosa del “estado del arte” en formato postmoderno es igual de jodida que su original formal, porque implica que deben haber antecedentes a tu investigación, tu perspectiva, tu campo. ¿Y si no lo hay? Lo inventas. Nada sale de la nada… ahora, porque al descarado de Kant nadie le preguntó de dónde se las sacaba.

En lo que yo escribo, en mi pequeño nicho de curiosidad intelectual, compromiso ético y singularidad estética, no hay hay antecedentes directos. Esa es mi cruz.

¿Antecedentes indirectos? Si, claro, la literatura cubana queer, la ciencia ficción cubana y la ciencia ficción queer -los tres caminos que se cruzan en mi investigación- tienen miradas críticas previas. Hasta dónde puedo reclamar esas miradas como antecedentes de la mía es lo que me pone insegura.

Porque no soy (no quiero ser) el resultado casual de la sumatoria de Mabel, Yoss y Alexis. Quiero ser yo misma.

Ahí parte del conflicto es el ego. Querer ser una entidad independiente, reconocible, singular. ¡Ay! Qué cantidad de horas de trabajo para desmontar la angustia que trae el culto al individualismo. Ser parte no es borrarse. Le repito a mi hijo que en ningún mundo alguien logra el éxito sin ayuda, a menos que hiciera desde sus zapatos hasta su alfabeto, pero qué trabajo me cuesta aplicarlo.

Porque no soy (no puedo ser) el resultado casual de la sumatoria de Mabel, Yoss y Alexis. Siempre seré yo misma.

En el proceso de ser les niego, pero de modo dialéctico. Negar de modo dialéctico es una metáfora filosófica que equivale a la metáfora poética de “nos montamos en los hombros de gigantes”. La verdad es que esa imagen poética no me gusta, mi equilibrio es malo, no me imagino encaramada encima de Yoss… ¿qué coño voy a hacer con mis manos? Peor ¿qué hace Yoss si está ocupado apretando mis tobillos o piernas? Mejor una imagen poética marinera (tampoco se nadar, pero eso es un detalle menor porque soy reglana). Negar de modo dialéctico es una metáfora filosófica que equivale a la metáfora poética de llevar tu bote de pesca a un sitio diferente que quienes te enseñaron a pescar y lanzar las redes por tu cuenta.

Si, eso me gusta. Me gusta sobre todo porque permite articular una relación positiva con quienes me anteceden -o con la mayoría, no hay perdón para ti NV Román. Me gusta porque puedo pensar en quienes diseñaron los botes, las redes, los localizadores de peces: Suvin, Jameson, Le Guin, Haraway, Reider, Foucault, Halberstam, Preciado, Muñoz, Bejel; y a quienes vi pescar, pescan a mi lado, con quienes espero seguir pescando por largo tiempo: Mabel, Larry, Yoss, Erick, Anabel, Jeneé, Alexis, Maria Amelia, Emily, Pedro, Abel, Víctor, Maielis…

Sus ideas y prácticas son perfectibles en tanto obra humana. Sus palabras tienen un valor temporal, ya que el fenómeno que estudiamos está anclado materialmente: es literatura. La literatura no existe fuera del tiempo, y las miradas críticas que recibe existen también en sus tiempos específicos.

El valor de todo lo dicho es temporal. Lo dicho antes de mi, lo dicho por mi, lo dicho después de mi. Pensar que habrá otros intentos de “estado del arte” en el futuro, que otras manos dudarán sobre la pertinencia, la autenticidad, la individualidad y las deudas (no es el mejor sustantivo) intelectuales. Pensar que este ciclo de repasos es un cierto homenaje. El enésimo testimonio de que en ningún mundo alguien logra el éxito sin ayuda, a menos que hiciera desde sus zapatos hasta su alfabeto. Estoy segura de que el alfabeto no es una creación individual, así que el asunto está sanjado.

Porque no soy (nunca podré ser) el resultado casual de la sumatoria de Mabel, Yoss y Alexis. Siempre seré la geek marxista de mente sucia. Como la CF, tenemos un parecido de familia. 😉

¿Para qué sirve esto?

¿Para qué sirve esto? ¿Cuál es la importancia de este tema?

Si escribo sobre un tema marginal, no debería molestarme la pregunta, pero me inquieta. El mero hecho de que la pregunta esté ahí, entre las posibilidades para las que debo prepararme, me inquieta. Debe ser la voz marxista (ortodoxa) dentro de mí, que se avergüenza por no hacer algo en apoyo a la Revolución Proletaria Mundial (tremenda mierda). Hay al menos dos partes en esta angustia: la idea de la ciencia ficción como producto cultural marginal y la idea de que todo lo que hace alguien que se autodenomina marxista debe apoyar, directamente, la Revolución Proletaria Mundial.

Vamos por partes -como diría Jack el destripador.

La ciencia ficción como producto cultural marginal. ¿Es cierto aún? Digo aún porque todo tiene un tiempo y un lugar, y los prejuicios tienen que ver con eso, con ideas que se enraízan y resisten el paso del tiempo, la superación empírica de sus presupuestos, porque ya viven en el imaginario y sirven al poder allí. Ni el racismo, ni el sexismo, ni el valor del drama como expresión de los conflictos humanos necesitan pruebas materiales, son presupuestos que ayudan a mantener el orden. Un poco presuntuoso de mí equiparar el orden del mundo con el orden de las expresiones literarias, pero esto es un ejemplo. Entonces, la ciencia ficción, como la comedia –digamos-, está abajo en la jerarquía de las expresiones artísticas. ¿Está? Vista la cantidad de dinero que se hace con la ciencia ficción y la decadencia sistemática del interés por los dramas “realistas” –meh- me parece cada vez más que llamarle marginal a las expresiones artísticas fantásticas es solo una estrategia del poder académico para negar el cambio.

Es como enseñar literatura eurooccidental escrita por hombres y decir que es Literatura Universal. Es mentira. Pero es una mentira académica, respaldada por siglos de racismo y sexismo, dirigida a infantes, así que la mentira prospera, se repite, va a examen… y aquí tenemos que en Chile debes saber… -no hablo de Chile, no me toca. Y aquí tenemos que en Cuba debes saber de los mitos griegos, pero no de las épicas de la resistencia angolana ante el colonialismo portugués, para ser persona culta. Persona colonizada, sería una mejor definición, digo yo.

De vuelta a la marginalidad de la ciencia ficción. ¿Lo es? Sí y no.

Lo es en la Academia, donde los criterios de valor cultural y significación social del arte siguen permeados de un eurocentrismo positivista que da asco. Lo es en los medios que se las dan de cultos, que reproducen esos criterios en nombre de la defensa de la cultura, tal y como la define la más rancia academia. La ciencia ficción es un tema marginal en las charlas académicas de intelectuales tradicionales, o esa ha sido mi experiencia.

No lo es en espacios de lectura general o de estudio de consumo cultural, donde interesa “la realidad” y no “el deber” de la cultura y sus derroteros. Algunos de esos espacios presumen de un interés en la monetización de la ciencia ficción que da asco, pero bueno… A quienes simplemente leen, van al cine o miran TV no les parece descabellado que alguien estudie ciencia ficción, o esa ha sido mi experiencia.

Entonces, debería ser suficiente con asumirme como una intelectual orgánica de ¿cultura popular? Igual que cuando dices “maricón y qué” se puede decir “ciencia ficción, sí” ¿no? En teoría se puede.

El problema viene después, cuando te preguntan “¿Para qué?”. Ahí es donde llegamos a la idea de que todo lo que hace alguien que se autodenomina marxista debe apoyar, directamente, la Revolución Proletaria Mundial. Porque marxista casi nunca significa “creo en la Teoría de la Plusvalía”, sino “creo en la injusticia inherente del capitalismo y la naturaleza revolucionaria del proletariado”.

Por cierto, mi versión de marxista combina ambas ideas, por eso tengo que aclararle las cosas a la gente tan a menudo. Soy una geek marxista, estoy jodida.

¿Cómo ayuda a la Revolución Mundial estudiar sexualidades en la ciencia ficción del Caribe hispanohablante?

La respuesta más sencilla creo que es: porque la ciencia ficción permite imaginar futuros mejores. No habrá Revolución Mundial sin imaginación, compañeres, porque hacer la revolución al modo que decían los venerables padres europeos de la filosofía nos ha dejado muy mal, ¿no? Desde Nicaragua hasta Camboya, elijan la variante de la cagada a nombre de seguir las instrucciones alemanas para modificar la realidad y alcanzar el paraíso comunista.

Pero hay otra respuesta, más digna.

Interrumpo la diatriba para dar agradecimientos: esta respuesta más digna se la debo a mi tutora Emily y mis colegas de año, Christian, Esteban, Maria Camila y Mauricio.

La respuesta más digna es: La crítica literaria no se dedica a resolver problemas materiales, no pretende cambiar directamente el mundo. Yo escribo sobre un tipo literatura porque me apasiona y eso es un objetivo en sí mismo.

La Revolución Mundial la tengo que hacer en mi tiempo libre, porque a nadie le pagan por adelantado por destruir el mundo. De hecho, generalmente, te pagan con martirio, muerte y beatificación posterior. No puedo imaginar peor destino para una que se dice marxista revolucionaria. Pero aquí estamos.

Próximo capítulo… ciencia ficción en Cuba, o la isla que se reinventa.

¿Con quién dialogas?

Guanche tiene largas conversaciones en forma de libro con Raúl Roa. Es gracioso, porque poca gente lee a Roa hoy en día, entonces hay como un círculo vicioso: no lo leen, no hace falta publicarlo, no lo publican, nadie lo lee, etc. Leer a Guanche entonces tiene dos efectos básicos posibles: vas a leer a Roa o te fascinas con Guanche y lo inusitado de sus inquietudes.

A mí me va a pasar algo similar. Tengo que elegir con quién o qué dialogo para mi tesis, pero el referente más importante no es admisible dentro del espacio de debate formal. La tesis de Toledano, es, definitivamente, el argumento contra el que mi propia tesis se alza. Donde él argumenta el fracaso en la creación del Hombre Nuevo, yo argumento la expresión de familias queer como ejercicio de resistencia frente a esa idea. Coincidimos en que la imposición del Hombre Nuevo –que debió tener una vida sexual muy aburrida- fracasa, divergimos en cómo se expresa ese fracaso en la literatura de ciencia ficción cubana.

Ese es mi combate.

Pero esa postura de Toledano no puede entrar al ring, de acuerdo a las sacrosantas reglas de la academia norteamericana. Porque no es un libro. 😛

Aclaro. No puedo usar la tesis de doctorado de Toledano (2002), pero si sus artículos en revistas indexadas. Eso significa que debo rastrear su producción y construir un corpus – Frankenstein, que contenga las visiones con las cuales discuto. Esto implica un reto de implementación y un problema de contenido.

El reto de implementación es mínimo. Tengo el poder de la banda ancha y la red de bibliotecas mundial al alcance de mis dígitos.

El problema de contenido es real. Producir artículos o capítulos de libros implican ajustes de tema o perspectiva, las ideas se presentan de modo que funcionen de modo autónomo, desaparece el arco argumental central que alienta una tesis y articula un libro. Un Frankenstein de la tesis de Toledano a partir de sus textos publicados tendrá, por lo tanto, su dosis de redundancias e inconsistencias. Por último, y eso es lo más importante para mí, la diferencia temporal entre los textos abre espacio a cambios de opinión debidos al descubrimiento de nuevas ideas, el diálogo con otras personas, la maduración personal, todas esas variantes de aprendizajes que debemos desearles a las personas, aunque nos hagan la vida más difícil.

Entonces, no solo se trata de recuperar las partes publicadas de la tesis, sino de considerar cómo expresa, o no, el paso del tiempo.

También podría buscar otra voz para el diálogo.

Suena fácil, pero el campo no es tan amplio como para elegir con quién polemizar. Justo ahora son Juan Carlos Toledano Redondo, Antonio Córdoba, Pedro Pablo Porbén, Emily Maguire y Cristina Jurado… creo. Me refiero a quienes ocupan espacios estables en la academia y publican artículos, capítulos o libros con sistema de evaluación de pares y toda la vaina.

Hay otras dos soluciones a este problema.

La segunda sería elegir dialogar con alguien que no escriba específicamente de ciencia ficción cubana, sino de identidades queer en literatura cubana –ahí está Mabel Cuesta– o de identidades queer en la ciencia ficción de otras tradiciones –les amo Alexis Lothian, Micha Cardenas–. Ya que mi aproximación es novedosa, no tendría nada de sorprendente que mis diálogos teóricos fueran más paralelos que frontales, o sea, acerca de qué pasa cuando aplico este aparato categorial y cómo los resultados coinciden o divergen con su uso en otros campos, y no acerca de cómo al aplicar otro aparato categorial al mismo corpus literario salen otras cosas a flote –respeto para quienes investigaron antes, siempre respeto.

La tercera solución sería dialogar con alguien de “fuera” de la academia. Eso abre un poco más la selección de voces, para empezar Yoss y Maielis González.

¿Se puede?

Para el próximo capítulo… seguro aparece otra solución más inclusiva, que Emily señala como una obviedad, porque resulta que la academia no es TAN exclusiva y elitista como yo pensaba.