Memorias 2005: Salvador Bueno, una vida buscando nuestra identidad

La reunión fue nutrida, en la sala Nicolás Guillén, donde el fresco clima no alteraba maquillajes o humores, se habían dado cita varias generaciones de editores, investigadores de la lengua, escritores y docentes del idioma español. Se trataba de un encuentro ineludible para muchos, largamente ansiado por todos, la entrega oficial del Premio Nacional de Ciencias Sociales a Salvador Bueno.
En la mesa presidencial, alrededor del homenajeado, estaban Iroel Sánchez, Presidente del Instituto Cubano del Libro, María del Carmen Barcia, que recibiera igual galardón en el 2004, Diosdado Pérez Franco, y Miguel Limia, integrantes del jurado que tomara la decisión relativa a Bueno.
Mientras esperaba a que Julio César Guanche, maestro de ceremonias designado, tomara la palabra, repasé los datos compilados en la red de redes sobre el protagonista de la tarde.
Es autor de más de 20 libros, folletos, antologías y selecciones: Antología del cuento en Cuba (1902-1952) (1953); Los mejores ensayistas cubanos, (1959); Los mejores cuentos cubanos, (1959-1960); Órbita de José Antonio Fernández de Castro (1966) De Merlín a Carpentier (1977); Figuras cubanas del siglo XIX (1980) y Aproximaciones a la literatura hispanoamericana (1984) son algunos de los títulos debidos a su labor.
Ha sido merecedor, por su vasta obra de investigación y divulgación, de importantes distinciones y condecoraciones cubanas o de otros países. Se cuentan entre ellas la Distinción por la Cultura Cubana (1988) la Orden Félix Elmuza (1989) la Réplica del Machete del Generalísimo Máximo Gómez (1990) y la Medalla Alejo Carpentier (1995). En 1996 recibió la Cruz de Hungría por su larga y destacada contribución a la formación de una generación de hispanistas húngaros y por su intensa labor de divulgación de autores de ese país en Cuba.
Es miembro fundador de la UNEAC, de la Unión de Periodistas de Cuba y de la filial cubana de la Asociación Internacional de Críticos Literarios. Dirige desde 1995 la Academia Cubana de la Lengua.
Levanto la vista de mis desordenados papeles, atraída por la voz de María del Carmen Barcia, dando a conocer el Acta del Jurado del Premio Nacional de Ciencias Sociales. No por lógicas, las razones expuestas en el documento dejan de emocionar a los presentes. En apretada síntesis se refiere la doctora a la labor de enriquecimiento y sistematización de la lengua española desplegada por Bueno en Cuba y el resto del mundo, de su profundo impacto en múltiples generaciones de cubanos por su trabajo de divulgación científica e historiográfica. Sus palabras me hacen evocar una cita de Fernando Rodríguez Sosa que hallara en mi caótico navegar:
«Quien revise la biografía de este profesor, crítico y periodista cubano -señaló- podrá comprobar que su más sostenido aporte a la cultura nacional se encuentra precisamente en esa capacidad de investigar y divulgar. Porque toda su obra, esa que ha dejado, y deja, tanto en las aulas como en las páginas de libros y publicaciones periódicas, lleva ese signo.»
Ahora corresponde a Miguel Limia leer su elogio, es un documento largo y exhaustivo. Precisamente, «exhaustivo» es uno de los términos que usa a menudo este joven para calificar la obra del maestro. Limia se refiere al amplio currículo docente e investigativo, de sus logros científicos en Cuba y el extranjero; de su conocimiento preciso, detallado, riguroso y sereno, expuesto sin egocentrismos ni falsas modestias en una vasta bibliografía –ya mencioné sus más de veinte libros ¿no?–; de su método, sostenido por el enfoque múltiple, desde el prisma integral de la realidad social; de sus ineludibles aportes científicos al conocimiento y percepción de nuestra identidad como expresión de un proyecto social que se desarrolla desde fines del siglo XVIII en Cuba.
Al cabo, sin embargo, Limia retrocede en su exordio: reconoce, de manera sutil, que todo esto no hace a un gran hombre. Lo que en verdad confirma la grandeza es su valor cívico, su consecuencia estética y ética. Esta capacidad, que hermana a Salvador Bueno con Martí –ese ejemplo constante para todos los cubanos– se manifiesta en su generosidad con aquellos que se acercan, sencillos y valientes, al reto profundo y emocionante de la investigación histórica o la docencia apasionada.
Los aplausos llenan el recinto. Limia, mostrando su admiración por el homenajeado, nos arranca la vergüenza de nuestros propios excesos sentimentales. El primero en reconocerlo es Salvador, quien tan solo puede admitir su emoción ante este momento cumbre de su vida, su agradecimiento a quienes le apoyaron durante su vida consagrada al estudio y la enseñanza.
Breves palabras son, pero que incluyen a los otros en su mérito y es que, cuando el principal valor cívico es la ayuda al hombre, se trasciende presto la frontera que nos imponen la carne y la muerte, el legado de nuestra vida alcanza al hombre, a la patria, a la humanidad toda.
Publicado por primera vez en el sitio de la Feria Internacional del Libro de Cuba (XIV edición, 5 de febrero de 2005, en http://www.cubaliteraria.cu/evento/filh/2005/)

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