CRONICAS DESDE LA MITAD DEL MUNDO 4: Como si regresara a Londres

Quito, 28 de marzo de 2008

Cuando viví por mi cuenta en aquel apartamento de Centro Habana, fui feliz de un modo nuevo: era libre –ya se que eso es cuestionable, en todo caso me sentía libre desde que vivía sumergida en la enseñanza artística– y recuperaba un espacio doméstico “normal” –del árido cuarto de la Residencia Estudiantil al departamento en un edificio multifamiliar. Uno de mis recuerdos más bellos de esa etapa tiene que ver con Javier.

Estábamos en el cuarto. La luz era difusa, por lo que supongo que era un día nublado y fresco –para los estándares de La Habana. Desde nuestro segundo piso sin balcón solo eran visibles las ramas bajas de los árboles de la avenida Carlos III y el edificio del frente, creo que de los años veinte. En todo caso el Hospital de Emergencias es pretenciosamente neoclásico, con anchas columnas griegas y un frontón triangular cuya leyenda nadie en esta ciudad miraba o mira –nadie excepto nosotros, con una sola ventana frente a sus bajorrelieves.

El caso es que Javier estaba sentado junto a la ventana abierta (tengo la impresión de que una ligera brisa se colaba, pero eso tampoco es relevante), señaló al exterior y dijo con una sonrisa divertida:

Javier

–Si solo miramos al frente, podemos imaginar que vivimos en París.

Supongo que él y yo no éramos los únicos allí, porque la frase se repitió una y otra vez a lo largo de los años, como parte de los recursos para describir esos maravillosos meses de 1999 al 2000 en aquel minúsculo apartamento de Carlos III donde alguna vez no tuvimos dinero para pagar los cinco pesos de electricidad, sin televisor ni libreta de abastecimiento.

Era, en efecto, como se podría imaginar que viven en París un montón de estudiantes de arte pobres, migrantes para más señas: divorciados de sus familias –voluntaria o involuntariamente-, con diversos orígenes, objetivos y destinos. Por las más diversas razones, habíamos elegido convivir, armar una familia, crear lazos. También como se imagina, tras terminar de estudiar tomamos diversos caminos: Javier es ahora subdirector del Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología; Igor se aburre en el departamento de Economía de una empresa de productos digitales; Ismel danza en París; Yanousi va por el segundo embarazo y no deja la Iglesia; Fran sigue siendo solterón, cínico y toca el piano como los ángeles; Roger está casado y barrigón; Irina y yo vamos por el tercer módulo de la maestría en Quito –después de jurar que, tras el martirio del ISA, no me llamaran sino para el “Doctora Honoris Causa”–; Roly y su familia se fueron a Miami. Sin embargo, de alguna manera seguimos unidos. Actuamos –ahora lo se– como hermanos que se han marchado de la casa materna: aunque pasemos mucho tiempo sin vernos, al reconocernos de un lado a otro de la calle nos abrazamos con fuerza, buscamos un lugar para charlar y pasamos las horas olvidados del mundo; también porque confiamos mutuamente en el apoyo de los otros.

Fran e Igor

Hoy en la mañana me acordé de pronto de la frase, de esa vida sin prejuicios donde la carne era fiesta y escuchábamos las Cuatro Estaciones de Kvorjak después de Mecano. Supongo que fue ver la cima del Pichincha, nublada, en medio de la extraña luz de la mañana quiteña. Porque Laydi me tocó a la puerta del cuarto para salir a escape para la FLACSO al primer Taller de Tesis, como Irina me despertaba para que saliera corriendo para Casa de las Américas al Taller de Crítica Teatral. También porque de nuevo amanecí lejos de los míos –los de sangre y los que forjé–, y todo por culpa de una persona de esa época feliz y hambrienta: Irina.

Irina y Yo

Ya no vivo en un minúsculo apartamento con otras seis u ocho personas –dependía de muchas cosas cuántos se quedaban a dormir–, cuyas ventanas dan a un edificio afrancesado, pero he vuelto a estudiar y abandonar a mi familia –esta vez a regañadientes y con un mar por medio. Además, si Javier mirase desde la ventana empañada a la pared brumosa, que oculta a la ciudad y su volcán, podría decir:

–Si solo miramos al cielo, podemos imaginar que vivimos en Londres.

Quito invisible por la niebla, desde el piso 7 de FLACSO

2 comentarios en “CRONICAS DESDE LA MITAD DEL MUNDO 4: Como si regresara a Londres

  1. Yasmín:Aparte de disfrutar tu sensibilidad, creo que eres una incorregible romántica que sabe ver las cosas bellas que la vida te da de gratis. Espero que todo te siga, como veo, yendo muy bien. ME ALEGRO!!!!!!!!!!!!!!!!!!Marina

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  2. En uno de los cuentos que Jorgito Lage acaba de publicar con letras cubanas (el título es algo así como «las vísceras de Alicia regadas por la pared»),su alter-ego mira el paisaje «radioactivo» de Alamar. Cuando miro por la ventana de mi cuarto, en San Agustín, veo el mar (debe de ser Santa Fe o Jaimanitas). Lo demás son edificios, como los de una banlieue parisina, pero con más vida (según mis amigos franceses).Tu cróni es conmovedora. Me recuerda en algo a Salinger, por aquello de la escualidez. Pero debe ser una rara memoria de Salinger.

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