¿Qué imagen tengo de mi como escritora?

Imagen de Boligan

Confieso que hace semanas busco modo de abordar esto desde una actitud más o menos seria: Koratsuki me dejó algo amoscada con su post “Issues” en Bloggers Cuba y el modo en que valora a quienes ejercemos la crítica. Y me siento obligada a responder porque su texto implícitamente degrada mi producción y la de numeros@s colegas.

La escritura investigativa es generalmente crítica, y mucho me precio de practicarla, así como antes escribí críticas de teatro sin sonrojo. Creer que parte de ser escritor (creador de universos que residen en el papel) es pensar de otr@s que “su trabajo es destruir el trabajo infernal nocturno y el tuyo hacerles la vida un coloide alimenticio vacuno fermentado por bacterias ácido-lácticas” poco favor hace a la capacidad de diálogo que debe primar entre quienes narran la vida y quienes piensan en lo narrado como parte de un discurso mayor. Porque escribir no implica estar por encima del mundo, antes bien, muy adentro del mundo, frente a sus pasiones, y reconocer a l@s otr@s el derecho a tomar y reinscribir la escritura en el mundo desde el ejercicio de la crítica, o sea, desde el intento de inscribir los modos y motivos en una dinámica a la cual quien firma no puede estar atendiendo.

Quiero decir con esto que l@s ensayistas y críticos también somos autores, y que imaginarnos dedicados a la triste ocupación de destruir el trabajo ajeno es risible, aparte de ofensivo. La crítica es, a menudo, mucho más exigente que la creación, pues transcurre por los cánones de la argumentación mesurada. Hay que saber lo que se dice y por qué: No es suficiente inventarse un Príncipe que domestica rosas, estás en la obligación de ver por detrás del aviador que descubre al viajero de las estrellas un nudo de significaciones. Luego, quienes criticamos tenemos dignidad y aportamos la dimensión deliberativa al mundo. Dimensión imprescindible para el feliz desarrollo del arte y a la que muy poca energía suelen dedicar l@s creadores, demasiad@ ocupad@s en sus espacios de creación la mayor parte del tiempo.

Es por eso también que desconfío de quienes imaginan el ejercicio de la escritura como un don divino con el cual se nace y que se pule leyendo a “los clásicos”. A leer y escribir se aprende, bien o mal, porque tuvimos mejores o peores ejemplos, mejores o peores docentes. Quienes tratan de disfrazar la escritura correcta y comprensible con la niebla de la musa: o tratan de evitar la competencia o no saben de qué coño hablan. Conste que no niego que crear un universo, despertar en quien lee pasiones inauditas a través de atrevidos significantes, implica talento, pero ningún arquitecto diseñó catedrales solo con la imaginación, tenía que calcular el tamaño de la cúpula.

La oportunidad para ofrecer un ejemplo palpable de cómo se puede uno proponer escribir (ejercer el derecho a la opinión, criticar) de modo eficiente sin esperar el toque de la gloria, me la da FLACSO: En la recta final de la maestría, nos han ofrecido un curso de “Escritura académica” dictado por la prestigiosa ensayista ecuatoriana María Cuvi. Obviando el detalle de que la maestría debió empezar por una oferta de este tipo –ya que la formación previa de l@s estudiantes de FLACSO Ecuador es variopinta y desnivelada– Cuvi está dando mucho que pensar en el asunto de ordenamiento de las ideas y auto-percepción a las casi másteres de Género y Desarrollo 2007-2009. Su libro de texto se llama La cocina de la escritura, del profesor Daniel Cassany. El volumen muestra en sus fuentes y valoraciones una posición a ratos demasiado castiza, pero sin dudas es útil para el asunto de la escritura académica, así que la profesora nos ha urgido a perdonarle el imperialismo cultural y sacar lasca de la información.

En la primera sesión nos mandó a responder un cuestionario con el conspicuo título de “¿Qué imagen tengo de mí como escritor?”. Una lectura preliminar me puso los pelos de punta, porque yo nunca he sido demasiado dada a explicar el cómo, ni siquiera a mis docentes. La segunda vuelta me convenció de que el horror era tal y como lo percibía, pero no había escapatoria: “Tarea es tarea”. Así que me he imaginado de regreso a la consulta de un@ de mis tant@as terapeutas –allá por la época en que me quería curar los sueños indebidos. Además, el entorno ayudaba a recordar La Habana, porque en Quito llovía a cántaros en medio de un apagón de escala nacional por roturas en una planta generadora de los intrincados Andes, que generó un corte en cadena (¿les suena?).

El caso es que, tras llenar cinco páginas en sustitución de mi sofá, me convencí de compartir la tortura con ustedes. El ejercicio, además de la introspección forzosa, busca tocar cuerdas similares a las que despiertan Ivonne Galeano y Eduardo Heras en su linda casa de 5ta y 20: Cassany cree que, aunque no tod@s podamos vivir de la escritura, debemos aprender las herramientas para usar bien la palabra escrita –gran fuerza en la que descansan, por ejemplo, los blogs. En eso coincide con Eduardo e Ivonne, que no aspiran a graduar solo narrador@s, sino lector@s capacitados para el ejercicio de la crítica cotidiana.

Así que ahora le devuelvo la pelota a Koratsuki y agradezco lo que hacen cada día en el “Centro Onelio” poniendo a discusión la encuesta.

1. ¿Me gusta escribir? ¿Qué es lo que más me gusta de escribir? ¿Y lo que me gusta menos?
Si, más que gustarme me encanta, desde pequeña me dijeron que sería abogada, pero yo sabía que no quería hacer alegatos, sino escribirlos. Me inventaba historias, le cambiaba los finales a las telenovelas… Ya no puedo imaginar mi vida sin la escritura y, si la memoria no me dejara urdir tramas, seguiría editando con tal de estar cerca de las palabras.
Lo que más me gusta: que da la posibilidad de alcanzar a personas ignotas, lejanas, que por la palabra pueden descubrir un poco de cómo sienten y ven sus congéneres, aunque nunca, jamás, se verán a los ojos.
Lo que me gusta menos: esa misma libertad del texto respecto a quien lo crea permite que se manipule, para bien o para mal. Nunca podremos tener la seguridad de cómo se entenderá nuestra oración. Escribir es un acto de fe en la humanidad, y no me gusta perder el control.

2. ¿Escribo muy a menudo? ¿Me da pereza ponerme a escribir?
Cuando no estoy nadando entre la soledad, una maestría y un empleo que nada tiene que ver conmigo, escribo cada día, al menos dos horas, o me dedico a revisar y corregir si nada nuevo llega. Eso para la ficción. Los textos de opinión llegan por encargo, con fecha tope y extensión definida y generalmente se escriben veinticuatro o cuarenta y ocho horas antes de la entrega, tras días o semanas de debate y relectura. Con esos el asunto no es pereza, sino un proceso de acumulación al que no puedo imponerme, aunque pareciera simple incapacidad para ser previsora.

3. ¿Por qué escribo? Para pasármelo bien, para comunicarme, para distraerme, para estudiar, para aprender…
Para comunicarme, definitivamente. No imagino “pasarla bien” o “distraerme” con algo tan exigente y que implica tal responsabilidad, eso me suena a frivolidad de la peor. Y para aprender leo, que el legado de dos mil años en este lado del mundo quita el aliento.

4. ¿Qué escribo? ¿Cómo son los textos que escribo? ¿Qué adjetivos les pondría?
Escribo narraciones y ensayos u artículos de opinión.
Me gusta decir que mis historias son “indecentes”. Ese es el adjetivo donde me esfuerzo porque encajen con sus personajes (marginales), sus conflictos (reales pero socialmente incorrectos) y sus ambientes (lo más honestos que se pueda).
Si hago ensayos u artículos, casi siempre giran sobre el género y los derechos LGBT, así que mi adjetivo entonces es “perturbador”, cada vez que abordo un tema de estos intento que del otro lado se tome conciencia de que la realidad no es tan simple como las visiones hegemónicas proponen, quiero que las personas se asusten de su propia comodidad mental y actúen al respecto.

5. ¿Cuándo escribo? ¿En qué momentos? ¿En qué estado de ánimo?
Soy casi incapaz de escribir de día. Desde hace años escribo desde las 9 o 10 de la noche hasta la madrugada. De día puedo corregir, pero pocas veces producir algo de calidad media –claro, cuando estás en una redacción escribes a la hora que toque, pero esa es otra historia. Trato de llegar a la escritura sin otras cosas en la cabeza, pero no tengo más rituales que la música y la consulta irregular de textos de referencia.

6. ¿Cómo trabajo? ¿Empiezo enseguida a escribir o antes dedico tiempo a pensar? ¿Hago muchos borradores?
A mí las cosas me empiezan en la cabeza: pienso, construyo marcos mentales, barajeo opciones de argumentos, recuerdo fuentes. Luego tomo notas: defino personajes, recopilo citas, construyo una bibliografía, dibujo los mapas de la ciudad donde ocurre el cuento. Si puedo, cuando “eso” tiene pinta de idea seria, se lo expongo a alguien de confianza: narro o defino una sinopsis para mandar por mail y me meto en una discusión de tres días o un mes, pero casi siempre lo disfrazo de inquietud generada por una lectura X de moda. Después, mucho después, me siento a escribir y hago una o dos versiones que luego corrijo. ¡Y se acabó!

7. ¿Qué equipo utilizo? ¿Qué utensilio me resulta más útil? ¿Cómo me siento con él?
¿Esto se refiere a la técnica? Cuando estaba en la universidad escribía a mano, con velocidad escalofriante, las conferencias de mis profesores. No había otro recurso. Luego llegó la máquina de escribir, pesada, con cinta vieja, y ruidosa. En el dormitorio se arrullaban con ella. Ahora las maldades de Bill Gates con su omnipresente Word… desde el 95 –que descubrí en el 1997– hasta este 2007 que de tan amigable me enferma.
¿Cómoda? Algo de desconfianza hay: Crecida en una nación de precariedad, el depender de la electricidad y sofisticados artefactos electrónicos me deja siempre la inquietud de si lo escrito estará intacto a la mañana siguiente. Por eso GoogleDocs me gusta: propone hacer ubicua la materialidad del texto, pasando su archivo de una PC específica a lo multidimensional de la red, claro, tiene una pega: hace falta internet.

8. ¿Repaso el texto muy a menudo? ¿Consulto diccionarios, gramáticas u otros libros?
¡Por supuesto que consulto diccionarios y referencias! Escribir es un acto de responsabilidad y uno no puede tirar palabras como los zapatos al llegar a casa.
Generalmente repaso cuando estoy seca de ideas o he estado alejada mucho tiempo. En el primer caso corrijo para no perder el tiempo, en el segundo trato de retomar el hilo, a veces funciona.

9. ¿Me siento satisfecha de lo que escribo?
Mis profesores me enseñaron ética: uno debe creer en lo que escribe y publica. Puede que pasen los años y no reconozca la escritura (ya ocurre con algunas de mis reseñas universitarias), pero sí reconocerse en ideas las ideas defendidas de base. Ahí radica la satisfacción última.
Entonces, si creo haber sido consecuente con lo que escribo, si, me satisface.

10. ¿Cuáles son los puntos fuertes y los débiles?
Esa respuesta corresponde a quien lee.

11. ¿De qué manera creo que podrían mejorar mis escritos?
Las narraciones con tiempo para dedicarme a ellas. Un relato implica un trabajo meticuloso, es como un reloj, ¿no?, pequeño y eficiente. Una novela es una gran máquina de alucinaciones que genera otro mundo singular y coherente en si mismo. No darán frutos si quien escribe no se concentra.
Los “panfletos” con estudio y debate. Tengo que mantenerme al día, leer a colegas y antagonistas, observar la realidad con cuidado para poder diseccionarla.
Si alguien me pagara por escribir, también ayudaría.

12. ¿Cómo me gustaría escribir? ¿Cómo me gustaría que fueran mis escritos?
Alguna vez quise escribir como alguien de la lista que sigue o alcanzar el equilibrio entre sus estilos: José Martí vuela hablando de política, Eduardo Galeano narra la historia de Nuestra América como una novela, Margarite Yourcenar descubre las pasiones de un emperador con delicadeza, Fernando Martínez Heredia expone el marxismo como pocos, Gore Vidal se burla del poder y desnuda las miserias del Imperio, Kavafis es contenido e impactante, Lorca es valiente en el tema y la forma (vanguardista o tradicional), Tolkien combina la aventura con la reflexión sobre éticas y modos de enfrentar la escritura misma, Carpentier describe con extrañas combinaciones entre lo pedestre y lo culterano que no respetan jerarquías ni catálogos de lo que puede referirse.
Demasiados apóstoles, no tengo más remedio que ceñirme a mi misma y mi ojo.
Pero de todo eso queda el sueño de textos que fluyan como un poema de denuncia claramente documentado, desacatos que entiendan todas esas personas a las que el sistema o la mala suerte no dejaron llegar más allá de la enseñanza primaria.

13. ¿Qué siento cuando escribo? Alegría, tranquilidad, angustia, nerviosismo, prisa, placidez, cansancio, aburrimiento, pasión…
Prisa porque las ideas escapan, pierden frescura o sentido si no las hilas.
Pasión porque escribo de lo que me compromete, sin compromiso la escritura no brilla.

14. ¿Estas sensaciones afectan de alguna forma al producto final?
Supongo…

15. ¿Qué dicen los lectores de mis textos? ¿Qué comentarios me hacen más a menudo?
De los cuentos he recibido en general buenos comentarios, me señalan en especial la tensión que logro en los diálogos.
De la denuncia social, eso que le dicen a todas las feministas: tendenciosa, obsesiva. Hace poco publiqué un texto en mi comunidad blogger y dos de mis comentarios favoritos son “Félix: …tengo que asumir que es usted muy pretensiosa, no he sido yo quien ha juzgado si usted es inteligente o no, me ha parecido siempre que sus textos son muy sosos y tendenciosos…” y “Veroco: … Zambúllete y complícate, vida mía, que ese plan tuyo de usar la blogosfera para tu engrandecimiento profesional, te lo voy a sabotear en la medida de lo honradamente posible. Ese futuro que sueñas, poniendo «la enriquecedora experiencia de mi blog» en tu currículum, o sea, «metí pescao en la onda del género», no va a florecer si de mi silencio depende…” Llama la atención que no pudieron desmentirme nunca, solo intentar ofenderme.

16. ¿Los leen fácilmente? ¿Los entienden? ¿Les gustan?
El perfil de lectores en la web asegura –a veces para mal– que quienes te leen tengan perfiles y formaciones muy amplias. Sin embargo, nunca me han reclamado por metalenguaje o confusión en las ideas. También me leen colegas y nunca me dijeron que lo habían leído dos veces para “entender” de qué iba el asunto.
Si les gustan… yo no escribo para gustarme más que a mí misma, a los demás debe provocarles.

17. ¿Qué importancia tiene la corrección gramatical del texto? ¿Le preocupa mucho que pueda haber faltas en el texto? ¿Dedica tiempo a corregirlas?
La corrección es fundamental, porque es base de la capacidad comunicativa del texto. Claro, la lectura final es para detectar errores sintácticos, reiteraciones, aliteraciones, incongruencias de género o número. Es parte de la escritura, no un agregado.

18. ¿Me gusta leer? ¿Qué leo? ¿Cuándo leo?
No concibo alguien que escriba y no lea de modo voraz, sistemático, desesperado. Leo sobre todo novelas –fantásticas o históricas– y ensayos. Poesía menos, algunos textos que me han marcado y a los que regreso una y otra vez. De prosa cosas nuevas todo el tiempo y releo en busca de sentidos ocultos cuando aprendo algo que creo tiene que ver.
Leer es algo que se puede –que tengo que– hacer en casi cualquier lugar. No hay lugares inadecuados o indignos para leer, sino personas reprimidas que fabrican ridículas místicas sobre la lectura y su sacralidad. Leer es un derecho, un placer. El placer se lleva dentro, y se practica donde sea.

19. ¿Cómo leo? Rápidamente, con tranquilidad, a menudo, antes de acostarme…
Tanto como puedo, con atención y, si puedo, desnuda de expectativas.

3 comentarios en “¿Qué imagen tengo de mi como escritora?

  1. El BC sigue matungo avec mois:Bueno, la verdad no he visto en la prensa cubana, en años, ni una sola crítica demoledora, destructiva, feroz, al estilo de «fulano ha cometido varios volúmenes». Lo que sí estoy harto de ver es laudaciones nauseabundas por tipejos que después resultan ser uña y carne, o al menos cumbilitas, del autor. La crítica en Cuba yo la veo como la «vaquita». A veces es hasta ridículo el piñismo evidente en la crítica. A ver, un buen ejemplo con par de garduados del maravilloide Onelio, OLPL y JEL:http://orlandoluispardolazo.blogspot.com/2008/12/rumiando-sin-rencor-rr.htmlhttp://orlandoluispardolazo.blogspot.com/2008/12/lageratura.htmlNótese cómo en el primer caso OLPL tira a mondongo, como agüita azucarada, el libro del para él desconocido Rubén Rodríguez, y en el segundo pone por los cielos el de su sociardo, su hermano de soul, su coeditor JEL.Antes de que me vengan a sacar el samurai del supuesto enloquecimiento de OLPL, afirmo que sigue siendo el mismo tipejo de antes de masturbarse sobre la bandera, y que sus anteriores reseñas de sus cumbilitas Ahmel Echevarría, Demis Menéndez y Raúl Flores -todos graduados del Onelio-, son en el mismo tono de «mi socios son los méjores».

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  2. un consejo que doy cada vez que puedo: no hagas como otros tantos con las imágenes que utilizan para apoyar sus textos.la caricatura de boligán merece, por lo menos, un crédito.es cool, da caché, y lo más importante: es lo correcto.no quiero sonar regañón, ¿ok?es para atajar un vicio, que no por salir del sano descuido o la ignorancia deja de ser injusto.métele, pues.

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