Lo normal no es ser heterosexuales…

…, lo normal es buscar la plenitud

Hace dos viernes–24 de abril– me pasé la mañana en el centro “Juan Marinello”, donde sesionaba la cuarta parte de un evento con que la Cátedra Antonio Gramsci está levantando ampollas o abriendo espacios de felicidad, según se mire: el Ciclo taller “Vivir la Revolución a 50 años de su triunfo”. Las tres ediciones de anteriores se refirieron –grosso modo– a 1) el sentido y significación del triunfo del 1959, 2) los modos y mecanismos de participación en el proyecto político y 3) las encrucijadas de la propiedad.
Cada mes un tema. Cada sesión un ejercicio de polémica en busca de respuestas más o menos articuladas para la permanente construcción de un proyecto social autodenominado socialista, pero con fallos estructurales y de funcionamiento que quienes se reúnen en la Cátedra Antonio Gramsci llaman a exponer sin miedo y reparar con las manos –y las cabezas– de tod@s quienes estén dispuest@s –creo que ese objetivo de democracia transparente y abierta es el que molesta, sorprende o esperanza a quienes saben de la idea. Los temas abordados en cada sesión trazan un mapa categorial, un paisaje de las aristas de la sociedad que este grupo desea ir iluminando, desempolvado, incluso incorporar por primera vez al debate del “Socialismo made in Cuba”.

Este viernes convocaban con “Género, Sexualidad, Racialidad y Religión: Cuatro frentes de emancipación para la igualdad social en Cuba”. Se partía del presupuesto de que –y cito la invitación circulada por mail y varios medios de prensa digital– “la Revolución Cubana ha promovido la emancipación de diversos sujetos sociales, la igualdad como derecho y la justicia social”. El debate entonces pretendía enfocarse en un gran detalle: “los modos en que se han construido históricamente y se construyen estos frentes de emancipación, dan cuenta de procesos de contradicciones y luchas dentro de la praxis del socialismo cubano. Este taller pretende contribuir al análisis de la diversidad, la diferenciación y la complejización de las relaciones sexo – género, raciales y de creencias religiosas en nuestro proceso revolucionario.”

Ya a eso de las 9 30 –mientras saludaba a conocid@s de la Lenin, la universidad o sucesivas ediciones de la Feria del Libro en el portal del Marinello– leí los objetivos anunciados en el programa:

  1. Integrar las diferentes maneras de visibilizar y enfrentar las discriminaciones y exclusiones sociales expresadas en la diversidad de género, diversidad sexual, racialidad y religión.
  2. Profundizar en el proceso de contradicciones y luchas para el reconocimiento de la diversidad durante los últimos 50 años, en vista a cómo este nos ha acercado (o no) a una sociedad socialista con igualdad social.
  3. Construir colectivamente propuestas emancipatorias a partir del análisis del proceso revolucionario cubano, su propuesta de igualdad y justicia social y su relación con el reconocimiento de la diversidad de género, diversidad sexual, racialidad y religión.

Como buena comunista que soy, aproveché el tiempo de espera en una plegaria a Oshun y Yemayá: para que me pusieran en la mesa de la diversidad sexual o de género. Si, las cuatro discriminaciones me tocan, pero hace unos años tuve que elegir por cuál romper las lanzas cada día.

El inicio no pudo ser más singular para mi, (mal)acostumbrada ya a las formalidades de la academia: Nos agrupamos en el salón de la planta baja. Dos grandes columnas –lisas, cuadradas, verde claro, olvidables en cualquier otra circunstancia– tenían adheridos sendos carteles, cada una con una palabra: “Si” y “No”. El ejercicio consistía en responder siete preguntas acercándonos a una de las columnas según correspondiera.

Fue sorpresiva y eficiente esta manera de exponer nuestra diversidad. Por eso le propongo que, antes o después de terminar la lectura de todo el relato, trate de agrupar a sus personas cercanas en círculos mentales de acuerdo a tales categorías y piense en lo que tienen en común o las diversas cosas que les preocupan. Aún mejor, intente reproducir la experiencia en su próxima fiesta: estoy segura ayudará a que surjan nuevos temas de conversación.

Las preguntas:

  1. ¿Tiene teléfono en su casa?
  2. ¿Expresa sus opiniones en público?
  3. ¿Coge guaguas habitualmente?
  4. ¿Tiene problemas con el agua en su casa?
  5. ¿Tiene entradas extrasalariales?
  6. ¿Se ha sentido excluid@?
  7. ¿Ha excluido a otras personas alguna vez?

Cuando acabamos de reírnos de nuestras singulares coincidencias subimos al primer piso a organizar el trabajo en grupos: La definición de los equipos de debate fue sencilla y azarosa: cada programa de mano ostentaba un número, según el este dígito era la asignación –uno: religión, dos: diversidad sexual, tres: género, cuatro: raza. Es un método excelente por su eficiencia –nada de repartir papelitos extras que generen risitas quiceañeras– e imparcialidad –las personas eran asignadas al diálogo sobre cualquiera de los ejes temáticos sin resentimiento hacia quienes organizan.

Las orishas oyeron mi llamado: Yo había tomado sin dudar un programa “Dos” a los diez minutos de entrar al edificio… ¡Ejem!, confieso me movía el temor a que se acabaran, los caminos de la miel y el mar son inescrutables.

Se establecieron las reglas: Nuestro círculo estaba moderado por Ariel Dacal y Diosnara Ortega. Cada integrante dijo su nombre y profesión, para tener una idea de con quiénes tratábamos. Acordamos que cada persona tendría tres minutos de intervención cada vez. Se solicitó ayuda voluntaria para cronometrar las intervenciones –un joven dio el paso al frente– y tomar notas en apoyo a la relatoría –una profesora de la Ñico López aceptó esa tarea. En hora y media el debate debía abordar tres etapas de discusión: Vivencias, Causas y Propuestas frente a la Discriminación de la Diversidad Sexual.

Comoquiera que es imposible reproducir el ritmo y las direcciones de cada idea expuesta, les voy a transcribir las notas que tomé en ese momento. Eso si, la fase “Vivencias” fue muy breve –de las causas para esto expondré mis ideas luego– y acaso sirvió para saltarnos la anécdota y centrarnos en los mecanismos sociales latentes –de qué mencionamos y qué no, también abundo en las líneas finales.

  • Ser un heterosexual no homofóbico es un dilema.
  • El acoso en las instituciones escolares llega de parte de estudiantes y docentes.
  • Falta formación entre quienes se encargan de la docencia sobre la diferencia entre sexualidad, preferencia sexual y otros temas.
  • Los grupos discriminados también reproducen prácticas discriminatorias al no aceptar a personas heterosexuales en diversos espacios dedicados a la diversidad.
  • Las normas de las instancias de poder sobre el control de la información a través de las TICs es contradictorio e irrespetuoso: numerosos proveedores de internet prohíben con igual gravedad el acceso a sitios contrarrevolucionarios y pornográficos. Esta segunda limitación vulnera el derecho de quienes usan la red para desarrollar una sexualidad plena en cualquier dirección, sobre la base de la elección informada.
  • Las personas aceptan, pero no normalizan, las relaciones de pareja no heterosexuales. Pasan del acoso al silencio, a la invisibilización.
  • Cuando la “no heterosexualidad” se manifiesta en el círculo interno de convivencia se hace más difícil evadir las prácticas de homofobia, porque está muy internalizada.

“Tratemos de acercarnos a las causas que ustedes perciben”, propuso Ariel.

  • La formación de modelos en la infancia y la escuela no se mueve en dirección a la diversidad.
  • Nadie nos enseña a ser sexualmente felices.
  • En la capacitación a cuadros del PCC –decisores en muchas instancias– es mucho más difícil incorporar estos temas porque se vincula la apertura al debate sobre sexo con la “debilidad ideológica”. Tampoco hay espacio para discutir tal asociación. Estas personas son las que hacen políticas públicas.
  • ¿Cuándo es el momento para hablar de la diversidad sexual en la familia si esta reproduce relaciones de poder, si no es un espacio de diálogo?
  • ¿Qué religión practicada en Cuba no es sexista y/o homofóbica?
  • Los modelos del Estado laico, como el nuestro desde 1902, fueron permeados por la homofobia cultural (religión y etcéteras) y científica (patologización de a sexualidad en el siglo XIX) al construir sus modelos legales y de políticas públicas. Aún arrastramos eso.
  • El “Hombre nuevo” ni siquiera incluye la feminidad. Para alcanzar tal modelo las jóvenes “revolucionarias” debían masculinizarse y escindirse. ¿Cómo incorporar la diversidad sexual?

Entonces, ¿qué hacemos?

  • Es necesaria más información, que se abra el debate desde la política. Hay que repensar la sexualidad desde las relaciones de género.
  • Politizar la lucha por la diversidad sexual no significa crear nichos aislados de las otras discriminaciones. Hay que crecer políticamente para avanzar en la búsqueda de seres human@s más plen@s.
  • Aunque las leyes no cambien las prácticas, si dan espacios de protección y reconocimiento. Hay que hacer leyes contra la discriminación.
  • Los derechos del Estado y de la Ciudadanía deben estar bien definidos. Si están personas machistas en el poder, al menos no podrán imponer sus opiniones al resto. Hay que repensar la dicotomía privado/público.
  • No hay edad para hablar de sexualidad, porque esta permea cada acto de nuestra vida social. Podríamos instituir nuestra propia asignatura de “Educación para la ciudadanía”, informar desde temprano a l@s infantes de que hay diversos modelos de familia y los negativos son solo aquellos basados en la violencia y el autoritarismo. Hay que repensar las políticas educativas para que la educación sexual sea orientadora, no heteronormativa.
  • No se trata de “dar” derechos a las personas LGBT, sino de reconocer que el poder heterosexista ha estado en falta al negarles sus legítimos derechos. Hay que respetar las libertades individuales.

Tras la merienda –gratis– nos reunimos en plenario para exponer los procesos de cada tema y las propuestas generadas. Se exhortaba en ese momento a intervenir para acotar, pedir aclaraciones o expresar discrepancias. En la medida que los equipos de Religión, Género y Racialidad desplegaban sus resúmenes, noté coincidencias muy llamativas y una singular limitación en nuestro propio debate. Me explico.

Lo de las coincidencias era predecible. Vivimos en la misma isla patriarcal, heterosexista y blanca. Toda persona que sea reconocida, o se autodefina, como ajena a tales normas queda excluida en diversos grados de los espacios de poder, sufre una o varias discriminaciones. A eso se debe sumar el discurso de enfrentamiento a las prácticas religiosas a partir de 1960 por la posición política del grupo gobernante. De este modo, se hace común la base de muchas de las vivencias y causas de estos cuatro ejes de discriminación: emanan del Estado.

No podemos olvidar el papel hegemónico del Estado en nuestra sociedad. Con su carácter inmanente, todo lo que reciben o entregan quienes habitamos Cuba –en términos materiales o simbólicos– está en estrecha relación con el Estado y a él tributan también las normas de comportamiento o creencias que regulan la pertenencia al organismo social, la Ciudadanía. Si el Estado no reconoce el derecho y los límites de las personas a ejercer y expresar sus creencias, en la realidad instituye la discriminación religiosa; si el Estado no reconoce las diversas necesidades de hombres y mujeres, en la realidad instituye el sexismo; si el Estado no reconoce el aporte a la patria de los diversos grupos étnicos que conforman la población, en la realidad instituye el racismo; por último, si el Estado no incluye en sus políticas públicas las prácticas no heteronormativas, en la realidad instituye la homofobia. Porque la falta de información, como cualquier otro silencio, ha sido una expresión de comodidad institucional ante el estatus quo y legitimó las discriminaciones por silencio, por anulación, por ausencia. Ese silencio negó la posibilidad de adquirir los recursos, los conocimientos para poder actuar al ser víctimas o reconocernos victimari@s.

Salta entonces a la vista el contraste entre las propuestas de los grupos: Género y Racialidad planteaban modificar la legislación y llevar estos debates al espacio público y las instancias de poder –Asamblea Nacional del Poder Popular y el Congreso del Partido Comunista de Cuba. Mientras que en Religión y Diversidad Sexual fuimos más “tímidos”, apostamos por dinamizar la sociedad civil y obtener legislaciones que sancionen la discriminación. Es cierto que estas ideas también aluden al poder del Estado, pero desde una perspectiva más normativa, no en abierta exigencia para que nuestras inquietudes entren de lleno en la agenda gubernamental.

¿Por qué no nos atrevemos a aspirar a “tanto”?

Me permito aquí especular: se trata de los grados de normalización. Quienes luchamos en este frente nos autocensuramos –concientemente o no– en los grados de prioridad que damos al problema de la diversidad sexual dentro de la agenda nacional: compartimos a menudo la lógica de que la discusión debe explicarse desde el ámbito de la sexología.

Esa lógica es una falacia. Parece real porque los resortes socioeconómicos latentes no están socialmente aceptados al grado que “disfrutan” la discriminación por raza y género, o las contradicciones entre Estado laico y exigencias religiosas. No acabamos dejar sentado el hecho de que el discurso médico que monopoliza la terminología sexual en Occidente a partir del siglo XIX , es una máscara del sistema social heterosexista y patriarcal que busca anularnos como sujet@s de derechos. Por eso moverse del ámbito de los derechos básicos al de los debates sobre la dignidad o inserción social aún nos cuesta. No hay que gastar energías deconstruyendo el disfraz sino arrancarlo: poner en la mesa la naturaleza construida de nuestra “singularidad”, exigir dignidad y respeto como personas.

En el taller del viernes la línea latente era cómo las personas LGBT podremos reconocernos en ella, cómo ella se reconocerá en nosotr@s… Hablo de Cuba, de la Revolución.

Nota (im)pertinente:

Vale la pena recordar que antes del siglo XIX, la sodomia era una práctica vergonzante… en la que cualquier persona podía caer. A pesar de la brutalidad de las condenas medievales debemos reconocer a los inquisidores la perspicacia de no asociar un tipo de comportamiento social, de gustos o experiencias familiares a las “perversiones sexuales”. En paradójica coincidencia con la Teoría Queer, para la Santa Inquisición tampoco había fijación de las prácticas sexuales posibles, sino formas variables de desempeñar uno o varios papeles sexuales –y solo un rol acorde a la moral cristiana.

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