A la deriva

Auril jugaba en el piso de la sala y cada vez que había pausas y aplausos pactados sonreía de ese modo inocente que solo tienen los bebés. ¡Ay! Solo con once meses podía uno reír en las pausas de este discurso. El discurso del 26 de julio que no leyó Raúl.

Yo solo tenía ganas de llorar mientras él, con quien comparto el apellido por alguna broma cósmica de pésimo gusto, hablaba de presiones orquestadas por la prensa extranjera, hablaba de cambios al ritmo que ellos decidieran, hablaba de un pueblo (¿yo dentro de él?) que confía en el sacrificio y la defensa… Su voz dio cuerpo a los temores del eterno retorno, y mi esperanza se fue volando por la ventana en esta cálida mañana de julio.

El 9 de Thermidor fue un 27 de julio, y el asunto de las fechas tiene algo de ominoso, de atemorizante. No me gusta ir a la deriva y por eso me aparto del mar, pero vivo en una isla. La maldita circunstancia del agua por todas partes, dijo Virgilio, impide dormir a pierna suelta.

¿Y ahora a quién le pido que me devuelva la esperanza antes de la menopausia?

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