Debemos tomar nuestro destino en las manos

Esta es una reelaboración del panfleto “Mis deberes cívicos y Mariela”, del pasado mes. Aquí se explicitan mejor las cosas desde el punto de vista socio-político, a partir de charlas con varios amigos y un editor muy serio, al que le agradezco todo su trabajo.

“… mendigar derechos es propio de cobardes incapaces de ejercitarlos”
Antonio Maceo Grajales

Las políticas para minorías son engañosas: da la impresión de que protegen a pequeñas cantidades de personas con necesidades específicas. En realidad se trata de grandes cantidades de personas despojadas, por el poder de pocas, de su humanidad.

Yo pertenezco a varias  inmensas minorías, la inmensa minoría de las mujeres, la inmensa minoría no blanca, la inmensa minoría no heterosexual. Son unas minorías inventadas, claro: Porque las mujeres somos la mitad de la población. Porque si en China hay 1 300 millones de personas, en la India otros 1 000 y tanto millones, si el lejano 1990 el estimado de África  rondaba los 642 millones –no hay censos más recientes para la mayoría de sus países–, entonces poca gente queda que no sea “de color” en el mundo. Porque si heterosexual es alguien que nunca en su vida fantaseó con la imagen del espejo…

Soy miembro de minorías inventadas desde el poder, que existen a partir de la idea que la persona normal es blanca, es masculina y es heterosexual. Porque así son –o se imaginan– quienes tienen el poder. Esta mujer negra y bisexual se quedó fuera del juego cuando Jesús envió a los hombres de Europa a que conquistaron al mundo con la Biblia y la espada. Ahora ellos juegan a la bolsa en New York con el oro de nuestros templos y el petróleo de nuestro subsuelo, mientras el FMI se encarga de limpiar los platos sucios del sagrado capitalismo.

Se puede argumentar que los dos párrafos anteriores no son pertinentes. Que tanta personalización no aporta –más bien estorba– a la trama reflexiva que deseo comunicar. Que esta descarga catártica acerca de mi color de piel y preferencias sexuales impiden un acercamiento reposado al tema y hasta invalidan lo que pueda decir en lo adelante, a partir de mi evidente incapacidad para que el aspecto intelectivo predomine por encima de la queja, de modo que sea minimizada la presencia de su anécdota particular y se priorice el aspecto de reflexión. Vamos, que no tengo distancia crítica. ¿Distancia crítica? ¿Me van a detener con argumentos burgueses patriarcales de la escuela positivista? Es que lo leo y me dan ganas de reír, o de llorar. La respuesta es simple y ha sido slogan del feminismo desde que nos dejaron sin derecho al voto allá por 1789: lo personal es político.

Lo pondré más claro: No puede haber una escritura crítica que no implique un profundo compromiso personal de quien la alumbra, aunque este compromiso sea un arreglo de carácter económico. Los (gastados) argumentos de que el aspecto intelectivo debe predominar por encima de la anécdota particular para que la reflexión sea válida, se amparan en la lógica positivista de que es posible observar la realidad sin modificarla ni ser modificado por ella, de que existe en la realidad el observador imparcial –que por supuesto es un hombre blanco. La importancia y posibilidad práctica de la “observación objetiva” fue uno de los primeros mitos positivistas / patriarcales desarticulados por el pensamiento feminista de la segunda mitad del siglo XX, que acumuló y expuso evidencias de los sesgos de género en las ciencias –exactas, biológicas y sociales–, y el conocimiento del mundo que a partir de ellas se extendía a la sociedad. El compromiso se expresa en la elección de los temas y las herramientas metodológicas, por citar solo dos elementos básicos para la producción de conocimiento. No se trata de que E= mc2 sea una ecuación machista porque prioriza la velocidad, que es atributo fálico por excelencia –eso es una reverenda idiotez–, sino de que los hombres de ciencia no están a salvo de que la discriminación incorporada a su imaginario, distorsione su percepción de los otros géneros cuando son sujetos u objetos de la ciencia.

En tanto seres sociales y políticos, no tenemos modo de escapar al compromiso con una ideología, por tanto, siempre se asume cada tema de una manera muy personal, con el sesgo que nuestro origen imprime. ¡Claro!, podemos jugar a las escondidas con quienes nos leerán y fingir que el aspecto intelectivo predomina por encima de la condición singular del quien argumenta, obviar la anécdota particular en que se enraíza la queja. Ese es el modo hegemónico –e hipócrita– de hacer las cosas. O podemos olvidarnos del estómago de los espectadores –el término es de García Lorca– y revelar nuestros orígenes sociales, intelectuales, políticos, para dejar las cosas en claro y que luego no halla lugar para acusaciones de escritura panfletaria –aunque dice Beatriz Maggy que de ahí puede salir tremenda literatura. Ese es el modo crítico, feminista, subalterno, diverso –y honesto– de hacer las cosas.

Aclarado el presupuesto metodológico, regresamos al asunto de las minorías inventadas desde el poder:

Cuando hablo de minorías en primera persona del plural –y disfruto la incomodidad de algunas personas o el guiño cómplice de otras–, adquiero una responsabilidad cívica, la de defender el grupo al que me adscribo. Después de todo, nadie me pregunta si soy mujer o si soy negra, y por lo mismo nadie defiende la sharia o al Ku Kux Klan en mi presencia. Pero casi todos asumen que soy una buena madre que aspira a defender a su bebé de esos programas de TV que dicen que la homosexualidad es normal. Mi deber cívico imperativo se refiere entonces a la diversidad sexual. Y el ejercicio de tal responsabilidad es complejo porque pasa por la heteronormatividad,  la abulia colectiva ante las actitudes públicas de homofobia, la reproducción de patrones violentos para combatir lo mismo que nos agrede. Por ejemplo:

Cierto jueves fui al banco, la cola era larga, el sol aplastaba, la humedad dibujaba patrones desagradables en nuestras ropas y pieles. Detrás de mi un hombre amenazaba con ponerse una bomba en el pecho y hacer saltar a todas las personas de la sucursal, para que aprendieran a organizar las colas. Delante una mujer vestida de amarillo –punto negativo de entrada– descargaba su verborrea en una conocida quejándose de que no puede ver la telenovela con su hija porque salen tortilleras y la niña va a pensar que eso es normal.

Levanté la mirada. Nuestros ojos se cruzaron y en los míos pudo leer –lo se– el agobio de la circunstancia hecho uno con la rabia por sus comentarios. Sus ojos brillaron retadores. Si –continuó hablando a la conocida que asentía blandamente–, para mi los hombres van con las mujeres y las mujeres van con los hombres. Me esforcé por regresar a la lectura de los avatares de Pedro I, pero ella siguió: Si tu crees que eso es normal ponlo a las 12 de la moche, cuando toda la gente está dormida, digo, si tu lo crees.

Miré a los lados, nadie se había inmutado. Me pregunté vagamente si mostrarían la misma ecuanimidad de referirse ella a la anormalidad de las parejas interraciales. Desee poder llamar a un policía, pero ¿qué le iba a decir? Volví a la lectura consciente de que la de amarillo me miraba, feliz de su miserable victoria. Detrás de mí  el hombre bomba repitió sus intensiones y la fantasía se abrió paso.

Ella estaba atada a una butaca fija frente a un televisor que transmitía la colección completa del Cine Club Diferente –desde Fresa y Chocolate hasta Brokeback Mountain, pasando por El celuloide oculto, Filadelfia, A mi madre le gustan las mujeres, Los chicos no lloran y La jaula de las locas. Aún vestía el horrible conjunto de blusa y falda amarillo pollito que rebelaba su cuerpo amorfo. El arnés –digno de La naranja mecánica– no le bajar los párpados o girar la cabeza, de modo que estaba forzada a mirar cuando las muestras de afecto le hacían sonrojar. En su regazo estaba la carga, un anticuado pero hermoso mazo de tubos de dinamita rojos y con las letras TNT en verde fosforescente. Ella se desgañitaba recordando a todos sus amigos gays y las veces que les prestó la olla de presión o les dejó usar el baño. Apreté el detonador muy lentamente, sin dejar de mirarla a los ojos.

El guardia llamó a tres más de la cola y la perdí de vista. La conocida se volvió hacia mí y su mirada dejó de ser blanda. Ahora pedía perdón. Asentí sin enfado, yo tampoco puedo hacer otra cosa que fantasear.

Pero incluso la fantasía está mal, porque reproduce el patrón de violencia política con el cual quienes hablan de democracia eliminan a sus contrincantes. Hemos aprendido miles de maneras de traicionar la democracia, porque es la única manera, hasta ahora, de acceder y mantener el poder. Pero si en verdad queremos ser cualitativamente distintos debemos controlar nuestras fantasías y jugar limpio con las armas de la democracia participativa.

Para argumentar esto debemos regresar a los cánones intelectuales convencionales que tanto gustan a los editores de ciencias sociales y a los hombres que “saben” que las mujeres podemos escribir de manera tan racional como ellos. En buen plan expositivo, entonces, pondré un ejemplo de lo que es una oportunidad de democracia participativa y luego mi argumentación:

El lunes 14 de junio de 2010, Juventud Rebelde tuvo de invitada en la Redacción Digital a Mariela Castro Espín, directora del Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), para una entrevista online con los lectores. Desde las 10 de la mañana hasta el mediodía ella, el doctor Alberto Roque Guerra, Presidente de la sección Diversidad Sexual de la Sociedad Cubana Multidisciplinaria para el Estudio de la Sexualidad (SOCUMES) y Zulendrys Kindelán Arias, Asesora Jurídica del CENESEX y Coordinadora de sus Servicios de Orientación Jurídica, respondieron en tiempo real las preguntas que las personas presentaran desde el martes anterior. El tema propuesto era la labor desarrollada por el CENESEX en Cuba –cuya línea más comentada es el reconocimiento de la igualdad legal de las personas LGBT.

Las entrevistas online son muy buena cosa, pues mueven el control de la conversación: del medio de prensa y sus intereses específicos, a la ciudadanía y sus intereses diversos. La participación revela entonces algo más cercano a la verdad del estado de opinión popular –más cercano porque está mediado por el acceso a la tecnología–, son más auténticas estas preguntas y reflexiones que las más atinadas preguntas de profesionales.

Como siempre que se tocan los temas de sexualidades disidentes, la página de comentarios se desbordó. Entre las preguntas y reflexiones suscritas me asombraron lo retrógrado social y la incultura legal. Se preguntó si el CENESEX no ayudaba a curar la homosexualidad, se cuestionó que se gaste dinero de la salud pública para darle “el gusto” de operarse a quienes “quieren” cambiar de sexo, se advirtió que “promover la homosexualidad” traiciona los logros de la Revolución y dejará a Cuba sin mano de obra joven, otro grupo intentó argumentar la pertinencia de que los derechos de las familias homoparentales sean sometidos a referéndum popular. Voy a resistir la tentación de contra-argumentar, porque Mariela, Alberto y Zulendrys lo hicieron muy bien. En cambio quiero sacar de este episodio un sentido aleccionador.

Lo que sigue son las propuestas que arrojo al campo, en respuesta al “estado del arte” sobre la percepción de los derechos de ciudadanía de la comunidad LGBT en Cuba. ¿Desde donde construyo estas ideas? Desde la óptica queer. Vamos a detenernos en la palabrita:

En estricta perspectiva lingüística queer es el término inglés para “extraño” o “poco usual,” pero su utilización en referencia a la comunidad LGBT llega con el siglo XX y no está libre de polémica. La Teoría Queer parte de la consideración del género como una construcción y no como un hecho natural y establece ante todo la posibilidad de repensar las identidades desde fuera de los cuadros normativos de una sociedad que entiende el hecho sexual como constitutivo de una separación binaria de los seres humanos; separación fundada en la idea de la complementariedad de la pareja heterosexual. Contra el concepto clásico de género, que distinguía lo “heterosexual” socialmente aceptado (en inglés straight) de lo “anómalo” (queer), desde este punto de vista todas las identidades sociales son igualmente anómalas. De acuerdo con ello se rechaza la clasificación de los individuos en categorías universales como “homosexual”, “heterosexual”, “hombre” o “mujer”, sosteniendo que éstas esconden un número enorme de variaciones culturales, ninguna de las cuales sería más fundamental o natural que las otras.

He trabajado por horas en hacer esta definición comprensible para personas legas en los Estudios de Género, no se si  lo logro. Y es que lo queer trata de hacer sistémico el seguimiento del deseo, de ahí que su  naturaleza sea elusiva para el lenguaje de las ciencias sociales. “Si la teoría queer es una escuela de pensamiento, su visión de lo que constituye una disciplina no es en absoluto ortodoxa”, afirma Tamsin Spargo al inicio de Focault y la teoría queer, y bajo su sombra me amparo para justificar que al exponer la lógica queer en realidad no explico demasiado. Me pregunto, entonces, ¿pueden ser comprendidas mis propuestas  si parto de la incapacidad de mis palabras para resolver la tensión lenguaje / pensamiento que me (nos) supera? Alguna vez me pregunté si queer era un insulto o una cortesía, ahora no tengo dudas, es una declaración de principios. Así que correré el riesgo:

Propongo que aprovechemos los espacios de debate social previstos por la legislación cubana para establecer diálogos verdaderos, con base en la lógica del respeto al derecho ajeno, y del carácter laico y socialista del estado cubano.

Si vivimos en un Estado cuyo único modelo político constitucionalmente aceptado es el socialismo, ello implica que el Estado se organice en función de la búsqueda del bienestar para cada habitante –“sin distinción de raza, color de la piel, sexo, origen  nacional, creencias religiosas y cualquier otra lesiva a la dignidad humana” (Art 42 de la Constitución)–; a que se reconozca su singularidad y se proteja su derecho a la plenitud y la dignidad. Entonces el derecho a la no-heterosexualidad es tan legítimo como el derecho a comer con sal el pan y el Estado debe, por imperativo orden de justicia, legislar la defensa de los derechos de “minorías” vulnerados por los usos y costumbres de la cultura hegemónica.

Ejemplos concretos: Nadie se puede amparar en el pasado esclavista de Cuba para negar el deber del Estado a castigar la discriminación racial, o el derecho de la ciudadanía no–blanca a  denunciar los sinuosos caminos del racismo y exigir mecanismos de compensación. Nadie se puede amparar en la tradicional violencia de género de la cultura iberoamericana para justificar el femicidio –o negar su singularidad dentro de las prácticas delictivas–, y afirmar que a las mujeres les “gusta” que las maltraten. Nadie se puede amparar en el machismo tropical para exigir a las personas LGBT que sigamos ocultas, en silencio, donde hemos estado desde que el mundo el mundo.

Desde que el mundo es mundo hay injusticia, y la historia de la humanidad es, de cierto modo, la historia de hallar la raíz de las injusticias… para arrancarla.

Propongo que quienes nos sentimos con deberes cívicos beligerantes –quienes estamos conscientes de ser integrantes de la inmensa minoría– actuemos más a menudo con conciencia de grupo, porque si bien somos un montón, estamos invisibles en el mar de “normalidad heterosexual” que modela a la sociedad cubana –y mundial.

Tenemos que hacer palabra y carne ese incómodo lema queer “Estamos aquí, no nos vamos a ningún lado, así que acostúmbrense” y dar la cara –hoy en JR, mañana en la Asamblea Nacional– para responder a quienes invocan la Biblia, la naturaleza y/o la tradición como justificaciones para quitarnos los derechos. Así el ejercicio ciudadano cotidiano tiene que ser reconocido como tal y la sociedad se reconfigura a partir de la diversidad que une, mucho más sana que la uniformidad que cercena. Así el Estado es puesto frente al espejo de la contradicción que implica no actuar en nuestra defensa.

Es una ridiculez que la pertinencia de las políticas de protección a las minorías se deje en manos de la mayoría discriminadora: ¿votaron los hombres para dar el derecho al voto a las mujeres?, ¿votaría el Congreso de los Estados Unidos por devolver las tierras ocupadas durante la conquista a los pueblos originarios?, ¿votó el Senado de Pretoria por dar derechos ciudadanos a los negros?  

Propongo romper con la heteronormatividad de pensamiento como primer paso para aclarar los términos. El imaginario político heteronormativo supone a menudo que a las minorías se les deben dar “sus espacios”, lo cual se traduce en guettos que reproducen el ciclo de ignorancia / miedo / violencia / necesidad de protección. Apartarse de esta lógica social de “compartimientos estancos” no es fácil, pero abre la puerta a soluciones que refuerzan el tejido social. Yo digo:

  • no queremos un espacio donde no nos molesten, queremos compartir sin miedo; 
  • no queremos beneficios especiales, queremos el derecho a la ciudadanía plena –con derechos y deberes; 
  • no queremos casarnos, queremos que se reconozca que ya vivimos en matrimonio y formamos familias a las que no es legítimo negar, despojar, discriminar pasiva o activamente; 
  • no queremos traumatizar a infantes forzándoles a la homosexualidad –porque somos cualitativamente diferentes de las muchas familias que imponen la heterosexualidad–, sino que ofrecemos hogares estables, honestos y comprensivos a personitas que el azar dejó sin familia biológica funcional y a las cuales los prejuicios están condenando a la soledad.

Propongo que seamos conscientes de que la responsabilidad en esta batalla de ideas no solo es del CENESEX como institución, o de Mariela Castro Espín y quienes le acompañan en la investigación y el activismo. La responsabilidad es de cada persona no heterosexual, de aquellas que se consideran heterosexuales con suficiente sensibilidad para sentir en su mejilla el golpe dado en la mejilla ajena, de quienes se consideren revolucionari@s, o marxistas, o demócratas, de quien se considere víctima o se reconozca victimari@ de la heteronormatividad.

Somos las personas afectadas quienes debemos tomar nuestro destino en las manos, al exigir al Estado el reconocimiento de la plena ciudadanía se debe partir del la apropiación de facto de esos derechos ciudadanos.

Para que un mundo mejor sea posible, hay que hacerlo.

Yo soy queer, yo amo esta Isla, ¿y tú?

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