El país que quiero legarle a mi hijo

Notas sobre la necesidad y el reto del activismo social por la igualdad racial y de género y los derechos LGBT en la Cuba de 2014

Ponencia leída en la reunión “Las relaciones Cuba-EE.UU en la segunda administración de Obama: La comunidad cubano-americana y los cambios en Cuba”, organizada por CAFE, FORNORM, Generación Cambio Cubano y Cuba Educational Travel. Con especial agradecimiento al apoyo del Latin American Working Group.

El objetivo de la política no es, entonces,
como pensaban los padres benévolos y los dictadores magnánimos,
la felicidad de la familia y del pueblo,
sino la libertad de los hijos y de los ciudadanos”
Julio César Guanche

Mi hijo es un genio.

Mi afirmación no es un absurdo total, ni lo es en los millones de bocas o cerebros que repiten la frase alrededor del planeta. Después de todo, cada persona genial fue infante –más probablemente, una desagradable anomalía en el sistema educativo y la familia– así que cada infante lleva en si la posibilidad genética de la genialidad.

Tengo razones para argumentar la posibilidad de que mi hijo sea un genio: no padece limitaciones de aprendizaje y razonamiento, y, la señal más alentadora para mí, sabe que el mundo puede y debe ser arreglado.

Claro, crecer en La Habana le da ventaja en este último aspecto. Cada día, en su senda rutinaria al Círculo Infantil, vemos aceras, calles, lámparas de alumbrado público, autos, casas que necesitan reparación. Él dice “hay que arreglarlo” y yo asiento; “quiero arreglarlo”, insiste, y le explico que para eso tiene que ir a la escuela, hacerse ingeniero, o mecánico, o arquitecto, por lo menos electricista o albañil. “¿Y dónde están los que lo arreglan?”, es la siguiente pregunta.

Ahí tengo que cambiar de tema.

Yo también veo cosas por arreglar en el camino, otras. Acaso me ayude que esas aceras, calles, lámparas de alumbrado público, autos y casas destruidas que asombran a mi hijo de cuatro años no son novedad para mí: sino paisaje habitual. Detrás reconozco otras roturas, simbólicas, más antiguas que las materiales –aunque mucha gente las atribuye al gobierno establecido en 1959–, roturas nacidas con la nación cubana. Tan naturales que mucha gente que se siente patriota las defiende: se trata desigualdades cada vez más visibles en empleos, vestuarios, actitudes sociales y policiales, de prosperidad.

Además, no soy ingeniera, o mecánica, o arquitecta, ni siquiera electricista o albañil. Soy eso difuso que genera desconfianza en toda autoridad y curiosidad desde los mass media: intelectual. Así que mi trabajo, mi campo para arreglar, son precisamente los significados y praxis simbólicas de la cultura de la nación, con la esperanza de que esas intervenciones se hagan una con el viejo edificio en reinvención constante que es Cuba –que es cualquier cultura viva.

Vivir, coincidirán conmigo, es de cierto modo cambiar. En lenguaje darwinista: solo quienes se adaptan sobreviven. Por eso podríamos contar muchas historias como una serie de renuncias e incorporaciones oportunas. Como cuando la Iglesia Católica invirtió en la banca, cambió de opinión sobre el aborto, o pidió disculpas por su acoso a Galileo Galilei. Toda cultura con tiempo suficiente sobre la tierra tiene historias como esas, de las cuales no debemos avergonzarnos –demasiado–, sino aprender.

Para salvar la cultura cubana, y con ella a la nación del futuro, digo yo que podríamos reconocer que nuestro país no está roto, solamente, por la geopolítica que le tocó, la corrupción administrativa y la intransigencia que da el amor por el poder, a un lado y otro del Estrecho de la Florida. También está roto porque la cultura que heredamos no reconoce en igualdad a su ciudadanía. Actuar sobre esas roturas es algo que interesa a mucha gente en Cuba, entre las que me cuento.

Claro, hay que lidiar con el Síndrome de la Plaza Sitiada, que Israel Rojas devolvió a la juventud del siglo XXI cubano con la metáfora de la canción “Catalejo”: “Tengo un catalejo donde la Luna se ve, Marte se ve, hasta Plutón se ve, pero la punta del pie no se me ve.”

Entre 1959 y 1961, el gobierno de Cuba hizo lo que la época recomendaba: dar derechos civiles nominales a todas las personas y equiparar la decencia a la virtud cívica. La nación se unió ahora que tenía “lo que tenían que tener” y plantó cara al Imperio. Mientras se acababa el siglo XX sobrevivimos al borde del conflicto nuclear, pagamos una deuda de sangre con África, incluso prosperamos mucho… o apenas algo.

Como la gasolina con plomo, los límites y daños de este recurso se verían a largo plazo.

Más de una década dentro del siglo XXI, se mantiene en marcha el enfrentamiento externo,  el uso de la cultura como escudo. Parece racional negarse a reconocer los puntos débiles de este artefacto, obviar las limitaciones del crisol disponible en 1961, que no logró homogenizar los componentes por completo. ¿Quién en tiempo de guerra se permite bajar el brazo para estudiar pequeñas grietas en la cara interna de su escudo?

Es una situación sin salida, estamos en Guerra, ni siquiera el Líder Electo del Imperio puede detenerla, pues la Guerra es Ley, y él no está por encima de la Ley. Es cierto, el Diferendo Cuba – Estados Unidos es real, siempre estará dentro de nuestro universo, y será burocrático, ilegal, cruel, injerencista, inútil. ¿Para qué sirve? Al menos en Cuba, sirve para pretender que es toda la realidad, que no hay otra realidad más allá del Bloqueo, la Ley Helms–Burton, la Operación Mangosta y la Ley de Ajuste Cubano.

Toda construcción de la realidad implica la creación de prioridades. En las prioridades de esta realidad nunca han estado el debate sobre las falencias naturales de nuestra cultura –perdonen el oxímoron– para incluir a toda la nación en la praxis, menos aún la incorporación del saber alcanzado en otras latitudes para hacer una cultura más inclusiva.

Así que la televisión y la universidad son cada día más blancas, las cárceles cada día más negras, las mujeres un poco más objetos –y hasta víctimas mortales de hombres posesivos–, la juventud un poco más alienada, y sus familias saben cada vez menos en qué mundo viven. Nada de eso importa, porque nos enfrentamos al Imperio con lo que tenemos en común: la cultura nacional. Ahí llega la comparsa de bailes campesinos, danzas africanas y pioneritos con poemas de Heredia y Martí –olvidemos que ambos vivieron la mayor parte de su vida en el extranjero.

Propongo reformular la pregunta: ¿Quién en tiempo de guerra puede darse el lujo de que el escudo se le raje? Coincidirán conmigo de nuevo: Nadie.

Como diría Lenin, “¿qué hacer?” Propongo reinventar la realidad. Arrinconamos con algo de buena voluntad a una esquina de la realidad al Diferendo Cuba – Estados Unidos. El resto de la realidad será para Cuba en sí misma: avanzar del estado de Enfrentamiento Permanente al de Revolución Permanente –y por respeto a la diversidad les regalo el derecho a sustituir el sustantivo por uno menos violento, como Democracia, o más esotérico, como Iluminación.

El darnos la oportunidad de mirar hacia dentro no es tan sencillo como se dice. Hay límites legales, desfasajes tecnológicos, ignorancias compartidas. Hay alguna gente acostumbrada al poder, y mucha gente que gusta de la televisión blanca, el deporte negro, las mujeres mansas y la heterosexualidad como prueba última de humanidad.

Acaso sea por eso que prolifera una línea de acción: la subversión del “sentido común” normalizado por el discurso oficial. Acaso sea la única posible, y no exenta de riesgos.

Me refiere a la exigencia –no solicitud– de discutir los temas que inquietan donde sea, con quien sea y para lo que sea. Estrategia que responde al “sentido común” de que la Revolución da, o premia, o castiga, y que para que la Revolución incida sobre los problemas existen los “canales adecuados” y los “momentos oportunos”. El resto del tiempo hay que estar callado o alabando.

Pero un intelectual no puede ser un payaso –la síntesis es de Fernando Martínez Heredia. Un intelectual tiene que tener suficiente valor para hablar cuando tiene que hacerlo, o la suficiente dignidad para callarse cuando el poder le pide que grite falsos asentimientos. Si no, es un muñeco de ventrílocuo, y ni mil premios le devolverán el alma.

Eso está regresando: Por toda Cuba, merced del desencanto o el romanticismo, y con los correos electrónicos como base material, nacen redes flexibles y amplias. Tienden al cercamiento del “sentido común” y su gran difusor, el Estado, con el uso, propagación y defensa de expresiones culturales diversas, cuestionadoras, a veces radicalmente emancipadas. Poco a poco renace la conciencia de la comunidad y la resistencia a la fragmentación dogmática –temática, estética o generacional–. Esto implica –de nuevo–, que más gente tiene la correcta mezcla de valor y dignidad como para reinventar el canon de qué es un intelectual, cuáles son sus dignidades, sus obligaciones, sus tabúes.

Tejer redes que permitan compartir la memoria, renovar las estrategias políticas, defenderse. Se trata de la memoria, aclaro,  no de mirar hacia atrás con dolor, sino de mirar adelante con conocimiento, de no tardarse por reinventar estrategias, o repetir errores ya superados.

Tejer redes pretenden la Cofradía de la Negritud, Afrocubanweb, Afrocubanas, ARAAC-Cuba, Alianza Unidad Racial, Mirarte Día a Día, en el asunto de la discriminación por color de la piel; las Red de Cátedras de Estudios de la Mujer de las universidades de toda Cuba, la Red Iberoamericana y Africana de Masculinidades, el Proyecto Mirar desde la Sospecha, cuando nos referimos a la diferencia entre géneros, el Carrito por la Vida, la Red HSH (hombres que tienen sexo con otros hombres), las Isabelas, las Fénix, los Hombres por la Diversidad y Proyecto Arcoíris, si de lo que se trata es de homofobia y transfobia.

Tejer redes para superar el miedo a la tecnología, el pop, el cine de zombis.

Por eso David Blanco se compromete contra la Violencia de Género, “Cubanos en la Red” –grupo de rap– lucha contra la contaminación ambiental, “Obsesión” –otra pareja de rap– promovió con una canción un debate sobre el racismo, el Partido de los Independientes de Color y las tensiones entre justicia histórica, urbanismo y patrimonio. Así es como “Juan de los Muertos” y “Conducta” llevan a la hora de la comida hogareña –jodía por los precios y la migración–, la discusión sobre “la punta del pie” que el Catalejo no puede ver y la presión que ejerce la realidad por entrar en el foco de ese lente.

Además, hay consciencia, desde quienes nos encontramos en los márgenes de la legalidad, hasta quienes tratan de promover la transformación institucional, de que la falta de derechos, de autonomías frente al Estado, nos pone en desventaja total. Antes de que Julio César Guanche y Julio Antonio Fernández me explicaran la larga lista de derechos que faltan en nuestra Constitución sovietizada, supimos que no hay más defensa que honor y perseverancia.

Se sabe: cada uno de estas iniciativas ciudadanas puede ser decapitada por el Estado en poco tiempo –el ejemplo de Hombres por la Diversidad en 2012 lo atestigua–, pero eso no detiene la marea. La gente se reagrupa, se reinventa con conciencia de clase y de identidad, en una mezcla orgánica que podría provocar gritos de horror en el Padrecito Stalin o el Senador McCarthy y aplausos furiosos de Grigori Chicherin, Antonio Gramsci o José Martí.

Dicen que Dédalo no concibió el Palacio de Minos como un laberinto por necesidad militar –¿quién vencería a la poderosa marina cretense?–, sino como metáfora. Con sus talleres de artesanos dentro del recinto –recordemos que en la Grecia antigua el arte y la manufactura existían integradas–, el Laberinto debería renovarse de modo orgánico todo el tiempo, mantenerse constructivamente nuevo al interior y estructuralmente incognoscible desde el exterior.

La garantía de sobrevivencia en la normalización del reacomodo permanente de las partes constitutivas del conjunto: una Revolución Permanente encarnada en proyecto arquitectónico. Y si quieren me llaman trotskista obsesiva.

Cuba necesita eso: talleres de artesanos. Solo que no estamos en la Edad de Bronce. Hay trabajo manual y trabajo intelectual. Cada uno con igual dignidad, diferentes necesidades, similar responsabilidad frente al futuro de la nación, ya que son acometidos por la ciudadanía, por gente que necesita garantías de que su dignidad no será medida por el color de su piel, su fe, su opinión del Estado o la propiedad, la naturaleza de sus genitales o el sexo de la persona de la cual se enamora.

Deben llegar a la par: Un marco legal para que florezcan talleres, cooperativas o empresas encargadas de, capacitadas para y responsables por, arreglar aceras, calles, lámparas de alumbrado público, autos, casas y otras cosas que mi hijo señala. Un marco legal para que avancemos en el debate de las ideas sin miedo a reconocer que Cuba se inventó blanca, masculina, urbana, heterosexual, violenta, chauvinista; y es nuestra historia nacional. Si el único lugar seguro para el desacuerdo, del signo político que sea, está fuera de los límites geográficos del archipiélago Cuba, seremos en verdad una Diáspora, no un grupo migratorio.

Y si alguien me dijera que para arreglar lo segundo hay que dejar las aceras rotas por un tiempo, creo que aceptaría.

¡Un momento! ¿Y la realidad del Diferendo? ¿Y la Espada de Damocles de la Ley Helms Burton? A esto respondo: realidad compartida, responsabilidad compartimentada.

Cuba es nuestra. Existe porque nos reconocemos habitantes de su laberinto simbólico, porque compartimos mapas fragmentarios del sueño que es –porque ser nacionalista es un acto de fe, diría Jorge Luis Borges, y porque nadie entiende a cien por ciento a Cuba, se sabe.

Corresponde a quienes habitamos la isla hacer, con la proverbial inventiva nacional, caminos para avanzar hacia el “buen vivir” por encima de la Generación Histórica y su calma. Corresponde a quienes por azar o elección habitan en el Imperio, reclamar que respete a su patria y su condición de país independiente.

Una conga con la Doctrina Monroe: “Cuba, Cuba, Cuba para los cubanos. ¿Qué dice? Cuba, Cuba, Cuba para los cubanos. ¡Gózalo mami!”

Miami, 15 de marzo de 2014
Con el corazón en la Protesta de Baraguá

Lee más del evento: AQUÍ

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Un comentario en “El país que quiero legarle a mi hijo

  1. Excelente intervención. Estamos en convergencia conceptual, yasmin, con la felicidad se hace muchisimo menos que con la libertad; aquella nace subjetivamente de esta ultima. Un abrazo afectuoso… victor andrés gómez…

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