Días de radio en La Habana

Para leer con el CD Dial, de Buena Fe

 

Elegí mi segundo celular porque podía usarse como radio.

 

Ante la vitrina de la tienda, el empleado me explicó las características técnicas de los tres modelos que funcionarían en Cuba –aunque en realidad no estaba seguro. Descarté al de pantalla táctil, por razones presupuestarias, y ya me preguntaba si tendría que tirar una moneda al aire para decidir entre los otros dos cuando oí la palabra “radio”. Pedí que repitiera el detalle, temía un error entre su portugués y mi español. No, “radio” era lo mismo para ambos: sonido a través del éter.

 

Era 2011, tenía un teléfono celular como botín de la escapada a Europa, pero los precios de CUBACEL me obligaron a posponer el contrato del teléfono. Así que regresé a la radio. Tampoco es como si hubiera estado completamente ajena a la misma esos años. ¿Quién en Cuba no oye de vez en cuando Radio Reloj?

 

Al menos yo no puedo escapar: mi suegra comienza el día con Radio Reloj, “la emisora que marcha junto al tiempo”, que es lo que hace “todo el mundo” en Cuba cuando el tiempo apremia: marcar el ritmo con el bip–bip continuo de los minutos y las noticias. A mi esa emisora me fastidia.

 

No se trata del bip–bip. Se trata de las “noticias” que leen a toda hora en Radio Reloj. No puedo lidiar con la prensa cubana tan temprano. Mi esposo persiste en oírlo. Dice que quiere saber la hora y que Radio Reloj es la única emisora que menciona temas que le interesan un poco. Claro, eso es hasta que oye los argumentos de las informaciones y ¡a enfadarse! No lo entiendo, en serio, a estas alturas ¿sorprende a alguien el carácter panfletario de la prensa cubana?

 

Después del desayuno cada cual coge su rumbo. Apago el bip–bip que me tortura desde la cocina, me ajusto los audífonos del celular y puedo comenzar a oír la radio que me gusta. Me limito a tres emisoras: Radio Ciudad de La Habana, Radio Enciclopedia y Radio Metropolitana.

 

El primer ciclo es con Radio Ciudad, “la emisora joven de la capital”.

 

A las ocho empieza Café Ciudad, una revista musical y de divulgación científica. Las notas informativas van desde descubrimientos sobre la extinción de los dinosaurios hasta el desarrollo de nuevas variantes del Eberprot en Cuba, pasando por prótesis oculares computarizadas o la investigación de terapias genéticas. Salpican el programa con líneas auto-promocionales que juegan con los patrones de producción y consumo del café en el mundo. Por ejemplo: “Más de veinte millones de personas en el mundo trabajan en la industria cafetalera. De ellas, el diez por ciento oye Café Ciudad” –¡hay que ser presumido! Al cierre, hay un mini concierto, pues se despiden y dejan tres o cuatro canciones sin cortes.

 

A Café… sigue el ya icónico Disco Ciudad, los cincuenta y ocho minutos de Juan Camacho para presentar lo mejor del rock. Mayormente se escucha lo más reciente del género, pero hay un día a la semana dedicado a la memoria: solo piezas del siglo XX. Camacho intercala con habilidad material cubano, sea grabado con sellos establecidos o en alguno de los estudios “emergentes” que dinamizan –a la fuerza– el panorama musical del patio. Aunque no estoy tan interesada como para ir a conciertos en vivo, las informaciones sobre las presentaciones de las bandas de rock y jazz en los (pocos) espacios que ofrecen esta música me mantienen actualizada sobre la “geografía” sonora de la capital.

 

Disfruto Disco Ciudad, sobre todo, porque aprendo de las sensibilidades y derroteros de un pedazo de la cultura universal que me fue negado mientras crecía. Mi infancia coincidió con la época de veda a la música en inglés y todo lo que pareciera “ideológicamente” sospechoso, de modo que las explicaciones de Camacho sobre las dinámicas internas del rock y la industria musical me son imprescindibles para comprender esa parte ineludible de la cultura actual. Disco Ciudad me permite dar sentido a mucha ficción contemporánea –cubana e internacional–, cuyas tramas refieren a la cultura del cine y la TV de Estados Unidos, y del rock y el pop anglosajón. Ignorar ese legado me hace inculta. Incultura más peligrosa que la que implica ignorar las desventuras de Madame Bovary, pues me separa de mis contemporáneos.

 

A las diez de la mañana cambio a Radio Enciclopedia, frecuencia cubana que solo transmite instrumentales. Se anuncian como “una emisora para todos los momentos de la vida” y creo que tienen razón, pues no hay modo de distinguir un momento del día de otro con esa gente. A toda hora, las versiones “descafeinadas” de música pop y las suaves voces de sus locutoras –solo mujeres en el micrófono es su otro sello- relajan, ponen al público entre paredes de algodón de azúcar sonoro. ¡No hay mejor banda sonora para hacer colas!

 

Igual no aguanto mucho. A las once regreso a Radio Ciudad, donde comienza el programa musical con mayor índice de audiencia de Cuba: Disco Fiesta 98. “De pie, de pie” –arenga el locutor y el ritmo se apodera de mi cuerpo. Aquí todo es buena música bailable, lo que se traduce a géneros caribeños –desde el son hasta el ballenato–, pop, fusión y algún reguetón selecto. De vez en cuando, algún artista va a promover una pieza recién salida del estudio o, ¡mejor!, un disco completo –que en menos de una semana se podrá comprar en los puestos de CD quemados. También saludan a quienes reportan sintonía a través de los teléfonos de la emisora o por MSM.

 

Casi a medio día, Disco Fiesta 98 informa sobre las presentaciones en vivo más próximas, pero no se limitan a La Habana o a la música bailable. Se precian de tener “la cartelera musical más completa de la radio en Cuba”, así que anuncian desde las giras de la Sinfónica hasta el programa de “El Submarino Amarillo” –meca del rock habanero–, y conciertos en las plazas y teatros de toda Cuba.

A la una de la tarde regreso a Radio Enciclopedia, una de las pocas estaciones –junto a Radio Reloj– libre de esta tortura panfletaria del Noticiero Nacional de Radio. Me quedo ahí hasta las tres o las cuatro.

 

A las cuatro, empieza A propósito en Radio Metropolitana. La selección musical incluye inesperadas canciones del movimiento de hip hop de Alamar –con crudas denuncias del racismo cubano–, o autores e intérpretes de culto del regué caribeño y norteamericano de inesperada cercanía. Son dos horas de sonido afrodescendiente –con intérpretes de todos los colores–, alternados con reflexiones sobre el legado popular en la historia de Cuba.

 

De repente el retablo de la historia nacional se llena de líderes sindicales anarquistas, mujeres en huelga, intelectuales negros, masones y católicos conspiradores. A Propósito se especializa en rescatar de los libros de historia esos pedazos que revelan la complejidad de esta cultura –tan masculina, marxista, blanqueada y autoritaria en el discurso oficial.

 

Casi al final de la jornada, si me escabullo al pan o la bodega, escucho a pedazos Rapsodia Latina, musical de Radio Ciudad dedicado a los ritmos del Caribe –de 5 30 a 6 30 PM. Más tarde está Sala Máster, hora y media de rock que ofrece Radio Metropolitana para quienes no se saciaron con Juan Camacho en la mañanita.

 

Ahí se acabó de verdad. Porque baño al niño, comemos en familia, le leo un cuento para dormir… cosas incompatibles con audífonos y aislamiento.

 

A todas estas, ¿saben que soy una hija pródiga? Mi relación con la radio se remonta casi un cuarto de siglo –me siento vieja apenas tecleo las palabras. Mi adolescencia transcurrió en la década de 1990, cuando la crisis provocó el regreso de la radio al protagonismo doméstico nacional. Como los apagones hacían imposible confiar en la TV, el receptor radial, alimentado con pilas alcalinas cuidadosamente atesoradas, o cableado a la batería de un auto o moto: era la opción más segura.

 

En algún momento de esos años llegó la telenovela brasileña “Vale Todo”. El público enloqueció con el enrevesado guión –dicen que desde “La esclava Isaura” los hombres no admitían ver telenovelas–, las excelentes actuaciones y la discontinuidad forzada por los apagones –que añadieron aún más emoción a las sorpresas dramáticas.

 

En respuesta a este último elemento, que seguro nadie imaginó en las oficinas de O Globo –la productora–, Radio Rebelde transmitía resúmenes de cada capítulo en las mañanas, para que no nos fuéramos de casa sin saber de la última maldad de Fátima (Gloria Pires) contra su millonario e inepto marido, o la enésima prueba de la vida a Raquel (Regina Duarte).

 

Días de radio. Ausentes de inocencia o electricidad. Días de radio que regresan ahora en un teléfono celular.

 

Publicado primero en HAVANA TIMES

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